La literatura, la música y el verano

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  • Las manos de la chica acariciaban las cuerdas de un arpa celta; su compañero arrancaba sonidos a una ocarina azul. Escapaban las notas, se mezclaban las músicas y sonaba, en perfecta sintonía, un tema irlandés. La melodía dulce llenaba el tranquilo anochecer del Palacio de Beniel. La música del dúo Kaleidoscopio abría los actos de entrega de premios del Certamen Literario "Joaquín Lobato", en otra de esas tardes de julio -veinticuatro ya- donde el verano veleño se convierte en el más cálido anfitrión de un acto cultural donde se mezclan los relatos, los versos, los amigos y los recuerdos. La literatura, la música y el verano.
    "Era el verano vivir
    pasear lamentos y soledades
    en las inquietas tardes
    de amores no correspondidos"

    Los versos de Joaquín parecían salir del gran cartel donde su imagen malva, con los ojos cerrados tras las gafas, levanta la mano en un gesto característico. El cartel presidía el acto junto al semblante de piedra, sereno y pensante, de María Zambrano. Ella siempre está allí, descifrando enigmas imposibles, soñando versos, filosofando en su pedestal; esperando, quizá, que algún día esos versos que oye complacida cada mes de julio, salvarán al mundo. Hermoso sueño. Difícil sueño, María.
    En las sillas blancas, entre los viejos arcos del patio, amigos de la literatura y de Joaquín siguen al acto. Muchas caras conocidas y otras nuevas que ven por primera vez el Palacio de Beniel. Finalistas y ganadores, escritores y poetas, arropados por familiares y amigos, esperan nerviosos que una voz diga su nombre para llevarse a casa la estatuilla soñada que reconoce y premia su trabajo. Sus relatos y poesías serán publicados después en ese librito azul con la característica pluma en la portada. Son momentos de nervios, de mucha emoción; el final de la apasionante aventura que empezó un día cualquiera llenando de palabras unas cuartillas blancas. En un silencio cómplice, íntimo, a solas el papel y tú, vas venciendo el pudor inevitable, el vértigo de desnudar el alma para convertir en relato o en verso aquello tan hondo que llevas dentro, que es solo tuyo, que guardas celosamente y que pugna por salir a la luz. Escribir, contar algo en prosa o en verso, es gratificante. El tiempo que pasas preparándolo, buscando las palabras justas, inventando situaciones, cambiando cien veces una coma, para terminar firmando con un nombre inventado que esconde quién eres. Tu trabajo es un pequeño tesoro que pones en manos de personas amantes de la literatura que leerán y valorarán lo que has escrito. Después, la espera impaciente hasta llegar a un día como el de ayer. Estar en un lugar tan hermoso como el patio del Beniel, respirando cultura, también es un premio. Música y versos paseando entre amigos con el recuerdo siempre presente de Joaquín Lobato. Un año más, su nombre ha vestido de literatura la tarde de uno de esos días de verano que él amaba tanto. Lástima que en un día tan especial estuviera cerrada la sala que lleva su nombre, que guarda su obra y sus recuerdos más preciados, y esa preciosa exposición de cine que es una delicia contemplar. En el día en que brilla con luz propia el nombre del poeta veleño, resulta inexplicable que los asistentes a un certamen de reconocido prestigio no puedan conocer de cerca su legado. Quizá, desde el cartel, con su mano alzada y su personalísimo gesto, Joaquín se pregunta "¿por qué?".
    Felicidades a los flamantes ganadores, que se llevan a casa su premio y la emoción inmensa de una tarde única. Felicidades a ese jurado que, años tras año, dedica mucho de su tiempo a valorar los trabajos presentados. Felicidades también a esos empresarios veleños que apoyan desinteresadamente a la cultura. Y felicidades, siempre, a esos amigos entrañables de Joaquín, fieles a su recuerdo, que dedican muchas horas a difundir su obra, y que ayer, día grande para ellos, tenían una incómoda sensación agridulce.
    Un año más, el Certamen Literario "Joaquín Lobato" reunió en Vélez-Málaga a escritores, poetas y amantes de la literatura, en torno a la figura del artista veleño. En un marco incomparable, la cultura paseaba entre arpas celtas, guitarras, ocarinas y versos musicados. La literatura, la música y el verano. Y allá, en lo más alto, tan cerca y tan lejos, vagando entre los pájaros que vuelan frenéticamente cantando al verano, Joaquín, aun con sus ojos cerrados, se mira en un espejo inmenso, salado, brillante y azul: el mar del verano de la tierra que tanto amó. "Era vivir / estar en el Paseo Viejo montando en bicicleta… / O escribir nombres. O dibujar corazones / en libretas usadas de melancolía."
    Era el verano vivir.

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