Mediterráneo

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  • “Quizás porque mi niñez sigue jugando en tu playa”. Así canta Serrat al Mare Nostrum en aquella canción que tanto nos emocionó a todos en su día con palabras que hago mías. Conozco este mar en su casi totalidad. Desde Algeciras a Estambul. Un mar que nos une y nos separa. Un mar que ha sido vehículo de la cultura, el lenguaje y el gobierno. Un mar que sirve como salada ruta de la plata para tantos africanos y asiáticos que quieren huir del hambre, la guerra y la indiferencia del resto del mundo para buscar el dorado en la tierra del Barça, del Madrid o del Bayern, cuyas camisetas falsas compran en los zocos de sus ciudades y aldeas. Quieren llegar a la Europa de la ¿democracia? y la corrupción. Una tierra de los ricos hechos a golpe de poca vergüenza y de hipócritas que se justifican a base de manifestaciones a favor de ellos y que después los desprecian y eluden cuando los tenemos aquí.

    cruzrojaHoy tengo dos buenas noticias que darles. Ambas han sucedido este fin de semana. Por orden cronológico. Me envían una nota desde la Asamblea Local de la Cruz Roja de Málaga acompañada de una foto. Efectivamente, la Cruz Roja sirve para algo más que para estar en las manifestaciones deportivas. Un barco de Salvamento Marítimo ha rescatado en el Mediterráneo, a 37 millas de la costa malagueña, una patera con 54 subsaharianos a bordo, 48 hombres y 6 mujeres, de los cuales han hospitalizado a dos hombres por hipotermia y 3 mujeres por un posible embarazo. El sábado 21 más fueron rescatados en Marbella. Todos ellos han visto la luz al final del túnel. Ahora comienza una vida de promesas, posibilidades y desilusiones. Por ahora el Mediterráneo les ha sido propicio.

    En la otra punta del Mare Nostrum, un argentino que cree en Dios y es representante de Jesús en esta tierra, se ha arremangado y, una vez más, dado la cara. Le podemos ver haciéndose fotos con emigrantes arracimados en esa isla famosa por sus paisajes y sus devaneos en la antigüedad. He podido oír en la radio voces desgarradas pidiendo ayuda al Papa Francisco. No se que podrá hacer. Su presencia allí me recuerda la anécdota de aquel pueblo harto de sequía que sacaron a San Isidro en procesión para pedir las necesarias lluvias. Le asomaron a un cortado en lo más alto del pueblo desde donde se divisaban todos los campos agostados por la falta de agua. El alcalde pronunció el siguiente discurso definitivo: “Eso, eso, asomar al Santo al Cancho, a ver si se le cae la cara de vergüenza”. Él, de momento, se ha traído doce a su casa. Más que los acogidos por algunos países europeos en todo el año.

  • A ver si contemplando el gesto del Papa Francisco se nos cae la cara de vergüenza a los países ricos, a los que nos sobra tanto dinero que lo tenemos que enviar al Caribe, porque no cabe en nuestros bancos, a los de las “manos limpias” de vergüenza, a los nuevos creadores de campos de concentración y de guetos disfrazados de recintos de acogida.

    La Cruz Roja y el Papa Francisco siguen siendo para mí una buena noticia. Dice Serrat: “Yo, que en la piel tengo el sabor amargo del llanto eterno, que han vertido en ti cien pueblos, de Algeciras a Estambul, para que pintes de azul, sus largas noches de invierno”. A ver si amanece de una vez para estas criaturas.

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