La potencia del yo en la soledad del tú

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  • Despertemos a la vida con el amor que nos convida.

    Avivemos la poesía de la que somos pausa y pulso.

    Ofrezcamos el camino como escucha, sin escarcha.

  • Pactemos ser más de la quietud que de la inquietud.

    Apalabremos ser más corriente de aire que de ahogo.

                    ¡Al fin, traer sigilo es más arduo que retraer al gentío!

     

    Con el silencio en el alma, el corazón se engrandece.

    Un corazón engrandecido, invoca a la bondad para sí.

    Pues todo se crea en la soledad más acompañada.

    A la vez que nos recreamos en el morir de cada día.

    Sabiendo que Dios está en donde un hombre habita.

    ¡No hay compañía más dulce que la soledad sociable!

     

    Es cierto que me gusta ayudarme, quererme, amarme.

    Jamás hallé compañero más sociable que yo mismo.

    Sí, yo mismo ensimismado en mi mismo, junto a ti.

    Porque tú eres la razón por la que existo en tus labios.

    Alabaré al Señor que nos pensó y cuanto hay en Él.

    ¡Pues Él es la roca fuerte donde se cimenta el orbe!

     

    Nada nos desconsuele, nada nos apene, nada de nada.

    Dios vive en cada uno de nosotros y, por nosotros, muere.

    No se va, forma parte de cada cual, es nuestra propia luz.

    Tampoco nos abandona, es nuestro protector y nos asiste.

    Bienaventurados los que caminan alabándole en cada paso.

    ¡Él es la vida del yo, aquella que nos queda por vivir!

     

     

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