Plaza de las Carmelitas

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  • La Banda Municipal de Vélez-Málaga llenaba de música la soleada mañana del lunes; conocidos temas de películas famosas prestaban un aire festivo a la siempre animada Plaza de las Carmelitas. El Ayuntamiento, que mide el pulso de la ciudad, lucía sus diez vistosos balcones adornados de flores blancas. Las banderas ondeaban, perezosas, al compás de una brisa suave, apenas perceptible, que aliviaba el calorcito de la mañana de abril.  Un gran cartel en uno de los balcones anunciaba la Semana Cultural María Zambrano. El recuerdo de la insigne pensadora veleña preside, desde el día 17 y hasta el 26, unas jornadas plagadas de eventos: teatro, talleres, exposiciones, actuaciones musicales, presentaciones de libros… Una interesante y variada oferta de cultura, que nos invita a participar.

     

    Encima de un escenario colocado en la plaza, Antonio Lagos dirigía, con su habitual entusiasmo, a los músicos de la Banda Municipal, al tiempo que se inauguraba la Feria del libro

    Encima de un escenario colocado en la plaza, Antonio Lagos dirigía, con su habitual entusiasmo, a los músicos de la Banda Municipal, al tiempo que se inauguraba la Feria del libro. Entre el animado ir y venir de la gente; entre vecinos sentados al sol en los bancos de madera, los amantes de la lectura ojeaban libros en los distintos stands preparados para la ocasión. La plaza presentaba una imagen distendida, alegre, apetecible. Las plazas de los pueblos tienen un sabor y un encanto especial. Siempre recordaré la agradable impresión que me causó este lugar la primera vez que lo vi: sus árboles, el quiosco, la gente, los bares, los pájaros, y ese aroma de verano que lo llenaba todo. La Plaza de las Carmelitas me recibió con un atardecer tranquilo y lleno de vida, que me arrancó un suspiro de alivio cuando me bajé del coche que me dejaba para siempre en su orilla, a merced de una vida nueva que empezaba, precisamente, allí. Si cierro los ojos, puedo ver aquel atardecer animado de jóvenes en vacaciones y chicas que lucían jazmines en el pelo. Algunos de aquellos jóvenes se convirtieron pronto en mis mejores amigos; la plaza nos veía pasar a diario con nuestro desenfado y nuestra ilusión a cuestas. Algunos de esos amigos de entonces tienen mucho que ver con los libros, y son parte importante de la vida del pueblo.

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    Mirando libros en la feria recién inaugurada, recuerdo los que leía en aquel tiempo: novelas románticas, libros de poesía y aventuras que entretenían mi tiempo y me aficionaban poco a poco a leer. A ellos llegué después de maravillarme con aquellos tomos viejos que había en mi casa y me estaban prohibidos porque eran “poco recomendables para una niña de doce años”. Los gruesos libros de una antigua edición de “Las mil y una noches”, que conservo como un tesoro, fueron mis compañeros furtivos de muchas horas de insomnio. Entre el olor a viejo de sus páginas amarillentas, las historias de Sherezade me cautivaban y acrecentaban mi curiosidad por descubrir los secretos del amor. Cincuenta años después, lo recuerdo ahora mirando los árboles –otros árboles– que crecen lentamente y dan poca sombra. La plaza está muy cambiada, pero sigue siendo, más que nunca, el centro de la vida veleña. La música seguía amenizando la mañana de lunes de esta Semana de Cultura. “American Patrol” sonaba muy bien al sol y entre amigos, mientas los libros se asomaban a los ojos de los lectores ofreciendo desde sus llamativas portadas mil historias por conocer; muchas maneras de sentir; muchos pensamientos de los que aprender. Los libros son buenos amigos; nos enseñan, nos acompañan, y nos hacen más libres. “Lectura y libertad son pasiones que siempre acaban por encontrarse” –dice Manuel Vicent.

     
    Al sol de cualquier mañana o al atardecer de veranos inolvidables, entre amigos, música y libros, la Plaza de las Carmelitas sigue siendo un lugar entrañable para mí. Un lugar lleno de vida que acoge de igual manera algarabías de feria o minutos de silencio. Un lugar donde se siente el latido de esa vida veleña que nos es tan cercana. Que aprendimos a querer un día lejano, cuando el verano alborotaba los pájaros y expandía por el aire ese aroma de jazmines, tan subyugante, que me dio la bienvenida y me hizo suspirar.

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