Qué distinto París

  • Sentada en mi sillón, con el sol calentando mi espalda, leo con avidez uno de los libros que han ocupado parte de mis tranquilas tardes navideñas. Entre belenes y árboles con luces de colores, el tiempo pasa en paz a mi alrededor mientras la historia de una amistad entre dos mujeres afganas me enseña el sufrimiento de unas vidas sacudidas por los credos y las guerras. La historia me horroriza, y me conmueve hasta la lágrima un verso que evoca la paz antigua de una ciudad: “Eran incontables las lunas que brillaban en sus azoteas, o los mil soles espléndidos que se ocultaban tras sus muros”.
    Saber que todo lo que cuenta el libro ha pasado, y, lo que es peor, sigue pasando, me hace sentir mal, a la vez que privilegiada por poder vivir libre, sin ataduras ni sometimientos. Y entonces, como si aún estuviera leyendo, en algún lugar de París mueren personas inocentes por la misma sinrazón que me cuenta el libro. Las imágenes dan la vuelta al mundo y me hacen sentir el sufrimiento inútil y la desolación que dejan alrededor. París, la ciudad de la luz, se oscureció de repente y se vistió de luto. Un mar de ciudadanos se manifestaba en paz, unidos contra la barbarie. “Je suis Charlie”, decían las pancartas. La Plaza de la República vibraba y una marea de gente silenciosa y triste avanzaba como un mar negro bajo un cielo que tampoco quería ser azul. Inevitablemente, en medio de la tristeza nublada y gris, recordé ese otro París que paseé no hace mucho tiempo. Entonces brillaba el sol, empezaba el verano y la belleza de la ciudad de la luz me deslumbró. En la misma plaza donde ahora sonaba, solemne, La Marsellesa, yo me dejaba llevar mirando, embelesada, a un lado y a otro, al compás de una barcarola imaginada que añadía belleza al paisaje que me envolvía. Inevitable pensar ahora que en cualquiera de esas calles, de esas plazas, de esos puentes bellísimos, o entre bohemios pintores de Montmartre, unos jóvenes, en nombre de una religión, buscando un cielo prometido, se preparaban ya para sembrar el terror.

    “Je suis Charlie”,dice Mahoma llorando

    Qué distinto París. Qué distinto el que vi entonces del que veo ahora. Aquellas calles hermosas, que olían a flores y a Chanel, se han llenado de un humo negro y letal que nubla la razón y lo bello, llenando el ambiente de ese otro aroma oscuro de horror y muerte que esconde la luz de las lunas y el calor de cualquier sol espléndido. Es descorazonador que en pro de unas creencias que deberían predicar la paz, el amor y el perdón, se destrocen vidas para siempre y se siembre el odio y la desesperanza. Ni siquiera a cambio de un cielo –si es que existe– nadie debería quitar a nadie el derecho a pensar y vivir en libertad.
    He visto la portada que la revista Charlie Hebdo ha sacada al aire después de los atentados. “Todo está perdonado”. “Je suis Charlie” –dice Mahoma llorando–. Qué hermoso homenaje para los que se fueron indefensos, sin más armas que sus lápices. Qué ejemplo de concordia para los que se quedaron y les llorarán desde ahora. Volverá a brillar el sol en la ciudad de la luz. Volverá la paz a sus calles, a sus jardines, a los románticos puentes del Sena, a la hermosa y blanca Notre Dame con sus misteriosas górgolas, testigos mudos de un amor de novela inolvidable. Poco a poco volverá la normalidad, y el recuerdo terrible se irá disipando. Pero nunca olvidaremos que un día de enero la intolerancia apagó las luces de la ciudad de la luz y París se oscureció con las sombras de la tristeza.

    Volverán los soles espléndidos del poema. Detrás de la tempestad viene la calma;  detrás de la sinrazón, la razón y la concordia

    Volverán los soles espléndidos del poema. Detrás de la tempestad viene la calma;  detrás de la sinrazón, la razón y la concordia. Y a pesar de todo, el sol de París, y todos los soles del mundo, seguirán brillando.
    Vivir una vida en paz, con respeto, tolerancia y sin violencia, es un cielo innegociable, tangible, al alcance de todas las manos.

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