Mi prehistórico móvil

  • El niño jugaba un partido de fútbol en la pantalla de su televisor, con una de esas maquinitas que ponen a prueba los reflejos y la pericia de quien las maneja. De cuando en cuando, el sonido de su móvil de última generación distraía su mirada, y le empujaba a leer los whatsapp que le iban llegando. Su dedo, increíblemente ágil, “volaba” entre las teclas; casi sin mirar, contestaba a los mensajes, siguiendo una conversación de amigos sin descuidar los movimientos rápidos, precisos, que le mezclaban con los famosos futbolistas con los que disputaba el partido. Al mismo tiempo, yo sacaba de mi bolso mi pequeño teléfono, tan elemental, tan básico, que solo me servía para llamar y mandar mensajes. (Realmente, no necesitaba mucho más). Manejando su mando, el niño seguía corriendo en un campo grande y verde que parecía de verdad; daba patadas on line a la pelota y regateaba con rapidez jugando a ser Ronaldo sin moverse del sofá. Seguía con interés el partido, miraba su móvil y, de reojo, también me miraba a mí: “Tienes un móvil prehistórico”.

    «Yo sacaba de mi bolso mi pequeño teléfono, tan elemental, tan básico, que solo me servía para llamar y mandar mensajes…»

    Me lo decía el niño, me lo decían en casa, me lo decían todos: “Tienes que cambiar de teléfono”. Me resistí durante un tiempo, vaya por delante que soy de las que prefieren leer libros “de papel”, pasar las hojas, notar su tacto, su olor a nuevo o a viejo, sintiendo en mis manos el peso de las historias que cuentan; señalando páginas con separadores que me recuerdan Florencia, Brujas, Santorini… Libros que me gusta abrazar, haciendo pausas para suspirar si me emocionan. No utilizo e-book para leer; no utilizo ordenador para escribir, prefiero llenar cuartillas corrigiendo y tachando a capricho con mi pluma de siempre. Me gusta el olor de los libros; me gusta dibujar palabras en el papel. Me resisto a dejar alguno de mis hábitos de siempre, aunque sé que no se puede vivir de espaldas a la tecnología. Por eso, y a mi pesar, un buen día me encontré de frente con un flamante Smartphone –con su punterito y todo– que alguien me regalaba, y que servía “hasta para llamar por teléfono”.

    El moderno androide desplazó –qué remedio– a mi querido móvil prehistórico, poniendo en mis manos un abanico de posibilidades: cámara de fotos, whatsapp, internet… Un mundo nuevo a mi alcance. Y aunque no las echaba de menos, utilicé sus ventajas…

    El moderno androide desplazó –qué remedio– a mi querido móvil prehistórico, poniendo en mis manos un abanico de posibilidades: cámara de fotos, whatsapp, internet… Un mundo nuevo a mi alcance. Y aunque no las echaba de menos, utilicé sus ventajas: leer noticias de última hora, chatear con amigos que están lejos, consultar dudas y curiosidades, y hasta hacer selfie con mi gato o con las olas del mar. Aun con desgana, aprendí a manejarlo, pero me sigue gustando mucho más leer en papel y oír la voz de quien me llama. Ninguna técnica puede superar una buena conversación mirándose a los ojos; algo tan hermoso como “hablar” parece que se está perdiendo. La relación personal se va enfriando, las teclas ganan posiciones a las voces y los gestos. Ayer veía el comportamiento de una pandilla de jóvenes en una cafetería; estaban callados, sentados unos junto a otros, pero sin verse. Todos mirando su móvil, diciéndose con los dedos lo que tendría que decir la voz o la mirada.
    Mi teléfono ha dejado de ser antiguo para convertirse en un útil y moderno androide, pero me resisto a estar pegada a él mirando ositos gazmoños que mandan besitos y dicen bobadas; leyendo mensajes de filosofía barata que buscan la lágrima fácil; consejos infumables que mejoran la calidad de vida, o milagrosas oraciones que hay que reenviar para que surja el milagro… Estupideces en red que juegan con la candidez de la gente.

  • Escribo, con mi pluma azul, unos “Sonidos al tiempo” que se mezclan sin querer con otros que suenan “a destiempo”;  alguien me manda, por enésima vez, un florido y empalagoso mensaje

    Escribo, con mi pluma azul, unos “Sonidos al tiempo” que se mezclan sin querer con otros que suenan “a destiempo”;  alguien me manda, por enésima vez, un florido y empalagoso mensaje. Apago el móvil, se acaba el sonido impertinente, el bombardeo de vídeos de gatos arrabaleros que cuentan chistes; de velitas mágicas con humos de paz; de  oraciones de la suerte que te arreglan la vida on line.
    El niño me observa, sonríe y pregunta: – ¿Y tu móvil prehistórico?
    – Guardado en un cajón. Esperando volver.

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