En política un aprobado es nota

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  • INESPERADO fue el resultado de la encuesta que el Grupo Joly publicada el pasado domingo. Inesperado, no tanto por la estimación de voto, sino por algo que en los titulares de los medios del Grupo no se recogía aunque era evidente en una de las gráficas que publicaba. Me refiero a la valoración que los andaluces encuestados hacían de Albert Rivera, líder de Ciudadanos.

    Y digo que me llama la atención porque, siendo un político que aún no ha tenido tiempo de prodigarse por Andalucía y al que se le conoce sólo por sus intervenciones en algunos medios televisivos, obtuviese la mayor valoración no sólo entre los líderes nacionales -Mariano Rajoy, Pedro Sánchez o Pablo Iglesias entre ellos- sino también autonómicos -Susana Díaz, Juan Manuel Moreno Bonilla o Antonio Maíllo-, consiguiendo un aprobado más alto que el de la presidenta de la Junta de Andalucía, frente a los suspensos de todos los demás.

    ¿Qué ha podido suceder para que el resultado sea este? Creo que, simplemente, los andaluces han captado de Rivera un modo diferente de estar en política, no de hacer política porque Cataluña queda muy lejos y en Andalucía se está produciendo ahora la implantación de Ciudadanos-C’s.

  • Es cierto que le beneficia el efecto que la corrupción ha generado en otras fuerzas políticas, pero también lo es que ese mismo efecto ha disparado las expectativas de Podemos, situándose su líder muy por debajo del presidente de Ciudadanos en cuanto a valoración popular.

    Y es que el ciudadano de a pie demanda otro tipo de representantes y formas distintas de «hacer política».

    Frente a crispación, serenidad. Frente a demagogia, responsabilidad. Frente a corrupción, valores éticos. Frente a imposición, democracia. Frente a debilidad, fortaleza. Frente a alejamiento, cercanía. Frente a dogmatismo, comprensión y acuerdo. Y así hasta un largo etcétera de valores que debieran presumirse en todo político pero que no todos practican o saben transmitir.

    En unos casos los ciudadanos los creen o no en función de la calidad de la gestión previa que los líderes puedan aportar

    Un Ayuntamiento, una Comunidad Autónoma o un Estado son empresas de todos que aunque estén sometidas al consejo general de accionistas cada cuatro años, no pueden ser gestionadas por cualquiera (a través de listas cerradas) o en base al exclusivo principio de las mayorías que emanan de las urnas.

    Al ser empresas públicas, no privadas, el ciudadano necesita de otros argumentos que le trasladen confianza en el sentido de que aporta lo que debe, recibe aquello que le corresponde, se gestiona en base al interés general el capital de la empresa y se crea un clima de paz social en el que puedan desarrollarse íntegramente los valores personales de cada cual.

    Y tales argumentos vienen casi siempre de la mano de quienes aspiran a ser miembros del consejo de administración de dichas empresas.

    En unos casos los ciudadanos los creen o no en función de la calidad de la gestión previa que los líderes puedan aportar.

    En otros, es la crispación, el desánimo de la ciudadanía, quienes determinan la credulidad hacia lo que se les ofrece.

    En algunos es el indudable poder del capital, transformado en propaganda electoral y mediática, quien hace su juego.

    Y ya va calando en la población algo que no dudo que pueda ser subjetivo, y hasta a veces intuitivo, como es la valoración «per se» de los aspirantes, intentando descubrir en ellos rasgos de sinceridad y valores humanos y colectivos que les genere empatía hacia los mismos.

    Eso y no otra extraña circunstancia puede esconderse tras los resultados de la encuesta andaluza, la percepción de que ni todos son iguales, ni estarían dispuestos a modificar sus patrones de conducta por el poder.

    Y como en política la valoración de los líderes ocupa niveles tan bajos en las gráficas, se puede considerar como nota lo alcanzado por Albert Rivera.

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