Soledad

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  • Hay ocasiones en nuestra vida en que apetece, y conviene, estar solo. Solo con nuestros pensamientos, nuestro pasado, nuestro futuro y, porqué no, con nuestro presente. Las grandes decisiones y los grandes problemas de nuestra vida los tenemos que compartir con los que los rodean pero, finalmente, el mal trago o el paso definitivo lo tenemos que afrontar con la persona que se mueve encima de nuestros zapatos.

     

    En la vida hay situaciones accesorias, importantes y esenciales. Es accesorio lo que vamos a comer ahora, es importante tu empleo o tu futuro profesional, pero es esencial tu familia. Cuando a la parte esencial de tu vida la sustituyes por cosas, sensaciones, dinero, poder o prestigio, te  equivocas de medio a medio. Como conocerán los que me han leído en alguna ocasión, tengo una familia grande, con raíces ascendentes, colaterales y descendentes.  En los momentos claves, mejor dicho, en todos, mi mujer Ani organizan lo que yo denomino “una excursión”. Este acto consiste en recopilar a cuantos familiares se encuentren dispuestos a asistir al evento, comida, reunión o lo que sea, que se celebre. En lo bueno y en lo malo. Hace años escribí un artículo que denominé “Los Montoya”. Acababan de operarme de una rodilla y, al salir del quirófano, me encontré a dos docenas de personas que me esperaban a la puerta del mismo. Avergonzado rememoré las sagas de calés que montan el campamento a la puerta del hospital mientras curan al patriarca.

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    Esta última vez la “excursión” ha sido a Sevilla. Sometían  a mi hija mayor a una delicada operación de intestinos con un pronóstico, cuando menos complicado. No se como, pero conseguí, en medio de la multitud de familiares, aislarme. He podido estar entre ellos pero a solas con mis pensamientos y recuerdos. Entonces he rememorado aquella tarde en la puerta de Carlos Haya   con mi hijo mayor en la planta de quemados. O la primera vez que operaron a Anapi, -esta ha sido la segunda en el mismo trozo de tripa fastidiado-. O ,cuando Jesús tuvo una “corná” quirúrgica,  que le tuvo “más pallá que pacá”.

     

    En esos malos momentos no necesita uno hablar con nadie. Aunque agradezcas tenerlos cerca. Necesitas enfrentarte contigo mismo y hacer balance. La buena noticia estriba en que, si te paras y razonas, este es siempre positivo. Doce horas dan  para mucho y recuerdas a los partos que has asistido, desde dentro o desde la puerta -veintidós hasta ahora- los hijos ya mayores, los nietos, los amigos y, sobre todo, ese Dios que siempre te acompaña desde el silencio y la cercanía. Todavía quedan en los hospitales -hasta que se le ocurra suprimirlas al preboste de turno- unas pequeñas capillitas donde encontrar soledad en compañía y consuelo. Las descubre mucha gente. Esa soledad, a veces, es necesaria. Anapi está muy bien. Eso es una excelente noticia.

     

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