Desde la Muralla

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  • Subimos la empinada calle que lleva hasta el mirador entre casitas blancas llenas de vida y coloristas balcones que asoman sus flores a la calle. Nos acompaña la quietud de un atardecer que languidece apagando poco a poco las luces del horizonte. La noche aparece lentamente extendiendo sobre nosotros su manto oscuro. El recital poético Damas de Noche se asomaba al Mirador de la Muralla para ver el paisaje veleño entre aromas de música y poesía. Otra vez los versos. Otra vez los pájaros. Otra vez la música. Otra vez el verano.

     
    Se colocaban las sillas blancas que ya conocemos mientras ensayaban entre cables, cámaras y micrófonos los músicos del Dúo BO. Algunos vecinos miraban curiosos mientras tomaban el fresco en la puerta de sus casas. El atril con el escudo veleño esperaba a los poetas, que iban llegando con su emoción y sus versos a cuestas. Versos para desnudar el alma; versos para vestir de largo la noche. Versos para todos en un espacio que es de todos.

     
    Fieles a las noches del verano, las florecillas blancas se adivinaban desde la muralla perfumando los patios, los jardines, los balcones. Los músicos se preparaban tensando las cuerdas, afinando las fibras sensibles de los asistentes. La presentadora de siempre, María del Mar Benavente, dama de noche incuestionable, expandía con su voz el discreto perfume de la elegancia. Hablaba de viajes recordando a Ítaca en un hermoso poema, y decía que lo importante es el camino sea cual sea el destino. En el navío Damas de Noche nos invitaba a vivir una travesía emocionante llena de música y versos. La torre de San Juan destacaba como siempre en el paisaje, y se hacía notar con alguna campanada perdida y descolocada que no rimaba con las agujas de ese reloj suyo que se obstina en detener el tiempo.

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    Elena Larkova recitaba sus versos con énfasis: “Soy capaz de soñar un mundo sin mí / que sigue siendo igual de bello…” Su voz invitaba como su verso a “flotar y soñar” con ese mundo bello a pesar de todo. Mientras tanto, los pájaros revoloteaban insistentes, sorprendidos por ese paréntesis de voces extrañas que turbaban la paz del anochecer que frecuentan. Su piar y su vuelo distraían algunas miradas, también la del gato blanco y negro que se asomaba sigiloso desde el pequeño tejado, atraído por el ruido y el calor humano que llenaba un mirador que él, noctámbulo empedernido, eterno enamorado de la luna, pasea cada noche en soledad.
    Desde la muralla, rimando paisaje y anochecer los poetas dejaban libres sus versos, en un espacio lleno de corazones latiendo y atentas miradas. “Como pasen las horas esta tarde / y tu mirada muera con la verdad a cuestas / como sigan creciendo tus pupilas / y yo tenga que andar / para ir a buscarte…” Salvador Gutiérrez hablaba de miradas que querría guardar para siempre. Miradas que duermen amorosamente su eternidad en la cuna de un verso que él imaginó.

     
    Entre poeta y poeta rimaban también el saxo y la guitarra; su música llenaba el anochecer de La Villa mezclando las melodías con las risas de los niños que jugaban en la calle. A golpe de verso, los pájaros se fueron marchando; sin su piar, el cielo limpio del verano se hizo más íntimo, más silencioso. Los versos nos llevaban de viaje navegando por el mar azul del sentimiento, empujados por la brisa suave de esas palabras bellas que acortan distancias. Ítaca quedaba lejos, pero estábamos haciendo el camino. Subidos en un verso, mecidos por la música, qué importa el destino. Otra vez el reloj se dejaba oír, dos campanadas sonaban anunciando un tiempo irreal que seguía atrapado en sus agujas. Pero el tiempo pasaba y Antonio Jiménez Millán hablaba de esa niebla “que cubre los edificios y los parques / extendiendo la sombra de un falso anochecer”. Brillante su verso entre la niebla. Brillante la luz de los poetas y los músicos en una noche huérfana de luz de luna.
    Navegar con música y versos hacia ninguna parte fue una aventura emocionante.

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