Buscar el honor

  • La Sociedad de Amigos de la Cultura de Vélez-Málaga nombraba el pasado viernes Socio de Honor a Paco Montoro. La Sala del Exilio del Palacio de Beniel se llenaba de compañeros, familiares y amigos para acompañar en un acto emocionante al historiador veleño. La S.A.C., que lleva quince años trabajando por y para la cultura, agradecía con este nombramiento la inestimable labor de este socio que impulsó y apostó siempre por este colectivo que ya es un referente en Vélez-Málaga. La cultura es el despertar del hombre, decía María Zambrano.

     
    El profesor Jesús Aranda hacía una hermosa semblanza de este maestro y amigo al que llamó “Rolling Stone de la cultura”. Los compañeros de Velevisa pusieron después música y color a su interesante y entrañable vida profesional y familiar con bellas imágenes de momentos puntuales. Atragantado por la emoción, Paco Montoro agradecía este cálido reconocimiento. Sin leer ni una sola línea, ameno, pausado y sereno, con ese toque de entusiasmo que pone en todo lo que hace, en todo lo que cree, en todo lo que ama, fue hilvanando sueños, historias, anécdotas, sentimientos, y nos fue llevando de la mano por esos años primeros donde la figura de una abuela muy querida reinaba en su mundo infantil. “Yo tuve la suerte de ser educado por mi abuela. Ella me decía que había que buscar el honor, no los honores”. Puedo imaginar a aquella interesante señora, que se llamaba Amalia, tan educada, atenta y disciplinada, enseñando a vivir a su nieto. Si cierro los ojos puedo ver la habitación donde había una cama, una mesa con libros y una ventana abierta a la calle desde donde su nieto veía pasar la vida. Puedo ver aquel patio con macetas que alguna vez se inundó con la lluvia de septiembre, y puedo ver, entre aromas de jazmines, de ajoblanco y tortilla de patatas sin cebolla, al joven que jugaba al futbol y hacía magia, y que entre libros, amigos y  lamentos de guitarra, soñaba ya con ser maestro.

     
    Paco Montoro hablaba con entusiasmo de su vida, de su trabajo, de lo feliz que fue durante los treinta años que ejerció la docencia. “Yo estaba predestinado a ser maestro”. Oyéndole, me contagiaba de su entusiasmo, y pensé que si hubiera sido su alumna suya, ahora sería más constante, más disciplinada, más paciente y, por supuesto, sabría mucha más historia de la que sé. Aprender con él se hace fácil. Lo imagino en cualquiera de sus clases hablando de alas y de raíces; de batallas navales, del Principito, o del viejo pergamino de un jefe indio. Él  ama sus raíces, conoce la historia y disfruta enseñándola y divulgándola. Poniéndole alas para que llegue a todos y aprendamos a amarla como él.

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    La S.A.C. no podía tener un socio con más honor. Un hombre, ambicioso solo de saber, que buscó el honor que decía su abuela, eso que él entiende como “hacer bien su parte”. Decía Fray Luis de León que el honor sigue a la virtud como la sombra al cuerpo. Paco Montoro es un virtuoso de casi todo. Amamos las cosas cuando las conocemos, ha dicho alguna vez; con sus artículos, sus libros o conferencias, clases magistrales que nos enseñan siempre, hemos aprendido a querer un poco más el mundo que nos rodea. Me admira de él lo meticuloso, lo riguroso que es manejando la información; me admira su paciencia infinita hasta llegar al dato fiable, contrastado hasta hacerlo incuestionable. La constancia es uno de los principales artífices del éxito, dice una de sus máximas educativas. Él es tan constante, que apabulla. Y tan humilde, que cuando lea esta columna se sentirá incómodo por los halagos, pero yo, que lo admiro y me siento orgullosa de ser su amiga, me permito la  licencia de abundar en adjetivos, aunque alguno se me queda en el tintero.

     
    Dondequiera que esté, su abuela Amalia se sentirá orgullosa de ese nieto suyo al que enseñó su hermosa filosofía. Él, que quería ser maestro, fue MAESTRO con mayúsculas. Y sin ambicionar honores, se llenó de honor.

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