¡Adiós Brasil, adiós!

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  • A Brasil 2014 llegábamos como los vigentes campeones del mundo, proclamados en el Mundial de Sudáfrica con aquel postrero gol de Iniesta, tras la amarga y sonada frustración de Arjen Robben por el despeje de Casillas con la punta del pie derecho. El calendario quiso que nuestro debut fuese como un continuo, con un descanso de cuatro años, de aquella triunfal final contra Holanda.
    En los prolegómenos, se hablaba de las ganas de venganza con las que nos esperaba Robben, pero nadie le hizo más caso. Sobremanera cuando terminando el primer tiempo de la inaugural contienda —que controlábamos y ganábamos con el dudoso penalti de Diego Costa—, hubiésemos podido tomar animosos el camino de los vestuarios con un contundente 2-0. Pero no fue así, todo lo contrario, tras la fallida vaselina de Silva, el veterano Van Persi peinaba con clase una pelota que circunvaló a un pasmado Iker, salido en falso. Naturalmente, los tulipanes salieron envalentonados en la reanudación. A los 53 minutos, Robben, a lo Montecristo, cumplía su venganza adelantando a Holanda en el marcador. En el 65, Vrij marcaba el tercero de los tulipanes, que por carga a Casillas debió ser anulado. En el minuto 72, un aturdido Casillas regalaba el cuarto. Y como los males nunca vienen solos, todavía faltaba la puntilla que sentenciaría la negra tarde de Bahía: esta vez el rencoroso Robben le gana en carrera al mismísimo Sergio Ramos, se adentra en el área dejando a Casillas gateando sobre el suelo, y anotaba el quinto y último. En honor a la verdad, recuerden, al noqueado Iker aún le quedaron arrestos para evitar un par de goles más. ¡Menos mal!
    No creo que jamás se haya visto en un Mundial algo parecido al naufragio total de una selección campeona en su primer partido, como el que España protagonizó en el suyo durante los últimos cuarenta minutos. En la historia de los mundiales ha podido darse situaciones semejantes, pero nunca como esta; famoso es el ‘Maracanazo’ de 1950 o lo que pasó en la final de Suiza 54, cuando la Hungría de los Kocsis, Puskas y Szibor —después de endosarle en la primera fase un 8-3—, perdía la final con Alemania por 3-4. Perder se puede perder, como en nuestro segundo partido contra Chile, pero difícilmente olvidaremos que en el primero a la campeona España le zurraron de lo lindo. Pero todavía contra Australia nos esperaba lo peor. podíamos quedar los últimos del Campeonato, lo nunca visto. Pero, ¡uf!, lo solventamos con dignidad.
    Se han barajado mil motivos, sensatos unos, disparatados otros, con los que justificar el humillante derrota. Y aunque de todo habrá en la viña del Señor, soy un convencido de que el punto de inflexión, el momento decisivo que desconcertó a la selección fue, tras el sorpresivo empate holandés, el segundo gol de Robben. Con el que perdimos por completo los papeles. Su ejecución fue tan perfecta, tanto la bajada del balón como la diabólica finta a Piqué, que el ex madridista se convirtió, ya pa los restos, en el sanguinario ‘Robben & Robespierre’ que en el estadio de Salvador de Bahía, a modo de inmenso cadalso, soltó sobre las cabezas de nuestros campeones la fatídica guillotina. Todo lo demás, ya es anécdota.
    No obstante, seis años en la cumbre del fútbol mundial aconsejan un sosegado margen de confianza para el tiki-taka (adaptado a las circunstancias, obvio) de los bajitos geniales y Del Bosque. Además, lo de los ‘chicarrones vascos’ y la ‘furia española’ es un cuento chino: en ningún ranking de la halterofilia mundial aparece uno de los nuestros.

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