La garganta del Colorado

84
  • Cuando era pequeña oía hablar a mis padres de un lugar que guardaba para ellos recuerdos hermosos, muy especiales. Entre empinados riscos, espesos pinares y charcas de aguas cristalinas, la garganta de la Eliza era una especie de lugar sagrado que mantenía vivos algunos momentos fugaces, mágicos, de esos que nunca se olvidan. La percepción de mis ojos infantiles y mi mente soñadora rodearon el lugar de un halo de misterio íntimo, casi inexpugnable; un reino de fantasía al que siempre me gustaba volver. Aún me asomo de vez en cuando a aquella paz agreste y silenciosa que solo rompe el sonido del viento y el agua, y la voz de esos recuerdos que hablan.

     
    Pensando en ella volaba hacia Las Vegas para ver, con ojos más serenos, otra garganta infinitamente más grande que aquella del recuerdo: el Gran Cañón del Colorado. Ya desde el avión, a muchos kilómetros de altura, entre las nubes aparecía un paisaje llamativo, espectacular, que hacía prever que lo que iban a ver mis ojos sería algo único.  “Wellcome to Las Vegas”, decía el famoso cartel tantas veces fotografiado por los turistas. La ciudad que nos daba la bienvenida era también un espectáculo. Vistosas calles, omnipresentes casinos, lujosos hoteles que recrean lugares hermosos del mundo: Paris, con su Torre Eiffel; Venecia, con sus canales y sus góndolas; Roma, con su Fontana di Trevi; Egypto, con su pirámide… Pasear por las calles de Las Vegas es como pasear por las calles del mundo.

     

  • Las recorrimos andando entre fuentes de colores que bailaban al compás de la música; lagos, jardines, barcos piratas, la recreación de un volcán en erupción y muchos Elvis cantando “Viva las Vegas”, la canción que “el rey” inmortalizó. Mucho lujo, mucho glamour, mucha hamburguesa y mucho calor de desierto. Después, a 440 kilómetros del lujo del asfalto nos esperaba la última etapa del viaje a Nueva York. El autobús avanzaba y el guía nos preparaba para ver ese otro lujo, imposible de plagiar, que solo el capricho de la naturaleza es capaz de diseñar. “Sigan ese camino, al final está el Cañón”.

     
    Me habían dicho que las fotos y los vídeos no daban la dimensión real, que solo  encuentras cuando lo tienes delante; que no se puede apreciar hasta que lo ves… De pronto, el camino se acaba y la tierra aparece partida en dos: una espectacular “brecha”, tan grande, tan inmensa, que no puedes abarcar con la vista, se abre a tus pies con la grandiosidad que solo el roce de millones de años del agua y el viento son capaces de crear. Todos los adjetivos se me quedan cortos para describir algo tan espléndido. Quizá lo exprese mejor diciendo que me sentí como en la cima del mundo ante un milagro tangible, más pequeña que nunca y con unas inevitables ganas de llorar. Sin duda, a nivel de naturaleza, es lo más grandioso que he visto nunca. Asomada al vértigo del mirador, la garganta del Colorado me enseñaba su historia escrita en la piedra a golpe de agua y viento; millones de años dibujando un abismo de arabescos de una belleza inenarrable. Gentes de todas partes contemplaban aquel paisaje increíble, algunos, los más valientes, subidos a miradores naturales, picos altísimos que solo con mirarlos te revuelven la adrenalina. Absorta y sin hablar, miraba a un lado y a otro intentando adivinar el final de aquel espacio abierto que guardaba historias de indios envueltas en leyendas y espiritualidad. Parecía que en cualquier momento veríamos a los hualapai, o a los  navajo, con sus plumas y sus caras pintadas haciendo señales de humo. Dos preciosos cuervos sobrevolaban por encima de nuestras cabezas, hasta que se posaron en un picacho cercano desde donde nos miraban curiosos. Me los traje en un vídeo para poder verlos de vez en cuando; tan negros, tan majestuosos, tan libres…, volando por encima de ese mundo suyo y nuestro, tan infinitamente hermoso.
    La garganta del Colorado fue el broche de oro de un viaje fantástico que empezó en la ciudad que nunca duerme… Fue un placer conocerte, Nueva York.

  • DEJA UNA RESPUESTA

    ¡Comenta!
    Introduce tu nombre