New York, New York (II)

  • Desde el barquito turístico que rodeaba la isla, Manhattan se nos aparecía, grandiosa, enseñando esos edificios altísimos que nos asombran en las películas. Al lado del agua se levantan como si fueran etéreos, formando un enorme puzzle de torres diversas de formas, brillos y colores que dibujan un horizonte único, un paisaje inverosímil que impacta a la vista. Manhattan pasaba a nuestro lado con esa estampa “de cine” que levanta suspiros de admiración. A lo lejos, en otra pequeña isla, en su altísimo pedestal  la gran  dama verde que mira hacia Europa: la Estatua de la Libertad, con su corona de siete picos (siete continentes, siete mares) y su brazo en alto sujetando la antorcha siempre encendida, parecía saludar a los miles de ojos que la miran a diario. Atenta y vigilante, ella, como su ciudad, nunca duerme.

     
    Aunque, puestos a elegir, yo también prefiero una mariposa al Rockefeller Center, hay que ver la noche de Nueva York desde su observatorio del Top of the Rock. Desde la planta 70, la ciudad era una gigantesca y resplandeciente alfombra de luces. Recomendable, también, sentarse, entre banderas de todo el mundo, en la placita a la entrada del Centro, ante la hermosa fuente donde Prometeo, con los brazos abiertos,  parece flotar sobre el fuego y el agua, y nos mira con su mirada dorada y ausente. La relajante fuente ilumina la noche con sus sonoros chorros de agua y luz, invitando a contemplarla.

     
    Ver un musical en Broadway era otro de los objetivos. La magnífica puesta en escena del El Rey León, que convertía en una selva de melodías un teatro de rancio sabor, nos fascinó. Leones, jirafas, elefantes, hienas…, bailando y cantando preciosas canciones que no hacía falta traducir. Cuatro días es muy poco tiempo para ver una ciudad como Nueva York, pero aún pudimos visitar un portaviones y entrar, con permiso de mi claustrofobia, en un submarino. Junto a ellos, el Juan Sebastián Elcano, arriadas sus velas, nos saludaba ondeando al viento la bandera española.

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    En Nueva York todo es a lo grande: los edificios, las distancias, las avenidas, las coca-colas, las hamburguesas, el aire acondicionado… Una ciudad enorme, asombrosa, que no te deja indiferente. Me hubiera gustado conocerla mejor, pero me esperaban esas otras emociones de naturaleza viva que me gustan especialmente: seis horas de autobús hasta llegar a Niágara me preparaban para embelesarme con sus cataratas.

     
    El guía señalaba a lo lejos: “Debajo de aquella nube blanca…” No hacía falta decir nada más, el estruendo nos llevaba hacia ellas. El impresionante salto de agua del río Niágara formaba una cascada bellísima que levantaba oleadas de espuma, que nos salpicaba la cara y nos dejaba con la boca abierta. Sencillamente espectacular. Las vimos al atardecer desde distintos ángulos en los miradores y esperábamos verlas de noche iluminadas. Hacía frío cuando nos dirigíamos hacia donde los focos disparan sus potentes haces de luces. La niebla, cada vez más espesa, nos rodeaba, y una lluvia finísima que no caía del cielo nos mojaba la ropa. No se veía nada, los focos solo iluminaban la espesa niebla, que no dejaba ver las cataratas. Pero, sin verlas, su estruendo las delataba; se podían  “sentir”. Entre el ruido, la niebla y la noche oscura, el salto del Niágara presentaba un aspecto fantasmagórico. Al día siguiente, con sol y con impermeables pasamos delante de ellas en el barquito “Dama de la Niebla”. Nos mojó su agua, nos estremeció su sonido y nos maravilló  su belleza cayendo envuelta en vaporosos tules de espuma blanca. Las gaviotas sobrevolaban aquel  “Velo de novia” mientras alguien decía: “Oh, my God. Oh, my God”… Estar delante de tan bello  prodigio de la naturaleza, me dejó sin palabras.
    Seis horas de autobús para volver a Nueva York y cinco horas más de avión hasta Las Vegas,  me separaban del vértigo del Gran Cañón …

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