New York, New York (I)

  • Quiero despertarme en una ciudad que nunca duerme…, decía Frank Sinatra en la célebre canción que oí tantas veces y que siempre me invitaba a imaginarme paseando por enormes avenidas entre luminosos rascacielos que te obligan constantemente a mirar hacia arriba: New York, New York. Alguna vez estuve a punto de ir, pero la distancia me imponía mucho, ocho horas de avión eran demasiadas para mí. Pero llegó el momento, me armé de valor y dije, como Elvis, It’s now or never. Y subí al Airbus 340 –de Iberia, cómo no– dispuesta a cruzar el charco para poder cantar in situ la canción de Sinatra. Un buen libro, alguna película y la mejor compañía en el asiento de al lado hicieron que el tiempo pasara   casi sin sentir. Debajo de las espesas nubes me esperaba una ciudad espléndida, grandiosa, apabullante… New York, New York.

     
    Un primer paseo nocturno por Times Square nos mezclaba con una marea de gente de todo el mundo que disparaba sus cámaras mirando hacia arriba, inmortalizando aquellas moles luminosas que parecían  buscar el cielo iluminando la noche entre destellos de gigantescos anuncios y el asombro de tantas y tantas miradas. Música en vivo, jóvenes pintores pintando entre la gente, turistas sentados en la escalerilla con sus móviles en alto captando imágenes del animado ambiente de tan emblemático lugar de encuentro.

     
    Recorrer las grandes avenidas, beber coca-cola, comer hamburguesas; sentir que te envuelve la trepidante vida de una ciudad impactante que no se parece a ninguna. Subir al Empire State Building rozando, casi, las nubes, y mirar hacia abajo desde la planta 86: barrios inmensos, puentes larguísimos, y un enorme parque verdeando entre el asfalto. La espectacular vista de Nueva York a tus pies produce un escalofrío. Inevitable recordar a King-Kong agarrado a su cúspide peleando con los aviones que querían abatirlo.

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    Un paseo en autobús turístico nos enseñaba la ciudad mientras nos mojaba la lluvia. Bajo una cortina de agua, que nos empapaba a pesar de los impermeables amarillos, Nueva York pasaba ante nuestros ojos con la belleza añadida de ese trasparente llanto de nubes que desdibujaba el paisaje gris. Visitar la catedral gótica, que dicen es la más grande del mundo;  respirar el aire de Central Park, pulmón de la ciudad, comiendo perritos calientes y mirando a las ardillas corretear entre los árboles; el gran lago, los jardines, jóvenes al sol en los bancos o en el césped; niños con sus gorras al revés jugando tranquilamente. Recorrer andando el puente de Brooklyn, tan paseado en el cine, con la imponente vista de los rascacielos detrás; con sus cúspides cubiertas de niebla, los omnipresentes gigantes, centinelas del tiempo, hacían el paisaje aún más irreal. Taxis amarillos, tiendas siempre abiertas, comidas rápidas en cualquier lugar. Gentes de todos los países llenando las calles, los restaurantes, los museos… Nueva York parecía el ombligo del mundo.

     
    Inevitable emocionarse recorriendo el “9-11 Memorial”. La Zona Cero, donde un día se levantaron las Torres Gemelas, es ahora un lugar para el recuerdo de las más de tres mil vidas que desaparecieron con ellas. Dos luminosas piscinas cuadradas llenan su ausencia, entre la cadencia del agua que cae mansamente y los nombres de las víctimas grabados en bronce alrededor. Cerca, protegido por una valla de hierro, el verde esperanza de un “superviviente”, el Survivor tree; el pequeño árbol que se quemó con las torres, con su fuerza de roble volvió a brotar, y ahora es el símbolo de que la vida sigue. Su tronco quemado, testigo mudo del horror, guarda las imágenes más tristes, el desgarro de un dolor que se recordará siempre; sus hojas, que bailan al son de una brisa nueva, son la vida renaciendo. Estar bajo sus ramas me produjo una sensación extraña, agridulce…, inenarrable. Dos torres nuevas se alzan en el lugar envueltas en un halo de silencio triste, espeso, que acongoja. Mirar tan gigantesco perfil de nostalgia me impresionó.

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