¡Abajo la inteligencia!

  • ASe lo contaba a mi mañanero monitor de la Piscina cubierta, Domi Heredia, también libresco y tertuliano él: un elocuente pasaje de la Guerra Civil española y, al tiempo, de la vida veleña.

     
    Sería a mediados de la década los 60, cuando me acostumbré a pasar un par de horas del mediodía en la tranquila biblioteca de La Peña (de Las Carmelitas) de entonces. Allí, en confortable soledad, leía los periódicos u ojeaba algún que otro libro, hasta que al filo de las tres aparecía un señor de culto perfil, al que, a la vista de aquella insólita estampa —la de un joven amante de la lectura—, le pudo más la curiosidad que su educada discreción. Así fue como, entre don Julio del Prado (abogado y castellano viejo, domiciliado en el veleño Paseo Nuevo) y el joven, se estableció una cordial relación que, con el paso de los días, fue evidenciando la afinidad de ideas que entrambos compartían. Así, un buen día Don Julio apareció con un puñado de cuartillas mecanografiadas, ex profeso para mí, del por entonces clandestino libro La guerra civil española (editado por Ruedo Ibérico), del historiador británico Hugh Thomas. Justo el episodio que Unamuno y Millán-Astray protagonizaron en el paraninfo de la universidad de Salamanca, a la sazón capital de la ‘zona nacional’.

     
    Se celebraba el 12 de octubre de 1936, ‘Día de la Raza’ (hoy de la Hispanidad), donde intervendrían el poeta José María Pemán y otros prohombres del bando sublevado. El general Millán-Astray, Carmen Polo, el Obispo Pla y Deniel y el propio Don Miguel, que en su calidad de Rector Magnífico lo presidía, componen el estrado. Tras los discursos iniciales, Millán Astray atacó violentamente a Cataluña y a las provincias vascas, tal como “cánceres en el cuerpo de la nación”, cantando al fascismo como “el sanador de España capaz de exterminarlas”. Desde la exaltada multitud, alguien gritó “Viva la muerte”, el lema de la Legión fundada por Astray.
    En ese momento todas las miradas se fijaron en Unamuno, que se levantó lentamente y habló: “Estáis esperando mis palabras. Me conocéis bien, y sabéis que soy incapaz de permanecer en silencio. A veces, quedarse callado equivale a mentir”. Se detuvo. Un inquietante silencio se apropió de la noble sala. Nunca se había pronunciado discurso semejante en la España insurgente. El temerario rector, prosiguió:“El general Millán Astray es un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Pero un mutilado que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, es de esperar que encuentre un terrible alivio viendo como se multiplican los mutilados a su alrededor”. En ese momento, un encolerizado Millán Astray, gritó: “¡Abajo la inteligencia!, ¡Viva la muerte!”. Pero Unamuno no se arredró: “Este es el templo de la inteligencia. Y yo soy su sumo sacerdote. Estáis profanando su sagrado recinto. Venceréis, pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir. Y para persuadir necesitaréis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil el pediros que penséis en España. He dicho”.

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    Histórico instante, en el que —ante la creciente peligrosidad de la situación— Doña Carmen Polo de Franco, agarrándolo del brazo, salvaba la vida del gallardo vizcaíno.

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