Música bellísima

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  • Detrás de momentos importantes de mi vida siempre hubo una música. Una sinfonía, un bolero, un fado, una canción de amor… En brazos de una balada de Elvis recorrí las calles de la adolescencia; recuerdo que me aprendí su letra en inglés para poder cantarla alto y claro sin que se notara mucho que lo que decía me turbaba. Aún se me revuelve el alma cuando la oigo. Esa balada, una canción de Cliff Richard, otra de los Beatles…, acompañaban mis pasos hasta el instituto, o a la academia, o a la catedral los domingos. Allí, sentada y atenta me llenaba de otra música bien distinta que me emocionaba igualmente hasta lo más hondo de mis pocos años.
    El órgano de aquella catedral alborotaba mis sentidos, me transformaba hasta hacerme olvidar que estaba en un banco de madera oyendo una misa. Y me dejaba llevar por esa música excelsa que lo llenaba todo, que hacía resplandecer los colores de las vidrieras por donde se colaba, curioso, para oír a Bach, el sol del mediodía.
    Después, y porque le gustaba a mi padre, mis oídos se fueron acostumbrando a la música de zarzuela. Estudiar inglés, literatura o geografía oyendo de lejos “La rosa del azafrán” o “Doña Francisquita” me encantaba. (La letra, con música entra).  Años después, una canción pondría la música a una emoción nueva; enamorarse con ella, bailando despacio a su son, fue maravilloso. Todavía me atrae el imán de su recuerdo. En mis momentos importantes siempre había una música: del brazo de la “Tocata y Fuga” entré de blanco a un santuario; un antiguo cuplé que cantaba mi madre me sirvió de nana para dormir a mis hijos; los cantos gregorianos acompañaron el adiós a la vida de los que quise… Música para alegrarse; música para llorar. Música para vivir.
    Y un buen día alguien me dijo: “Siéntate sin prisa, cierra los ojos y oye esto”. Era un aria de Verdi que la voz de María Callas elevaba hasta el infinito: “Ámame, Alfredo, ámame tanto como yo te amo”. Violeta lloraba de amor en la voz de María, y yo lloraba por todo y por nada en el silencio íntimo de mi sofá. La ópera acababa de entrar por derecho al rinconcito del alma donde guardo lo bello. Pensaba en ello el pasado día trece en el veleño Teatro del Carmen, viendo el precioso documental de Claudio López “Qué bella es la música”. Con la sensibilidad de melómano convencido, de artista versátil que pinta con igual buen gusto rincones de la Málaga romántica, su paseo por la música fue un recreo para los sentidos. Muy bien ilustrado, muy bien contado, muy bien elegidas las músicas. “Rigoletto”, “Aída”, “Nabucco”, “Tosca”…, la ópera llenaba el teatro de voces grandiosas, poderosas, únicas, interpretando las mejores arias. “E lucevan le stelle” volvió a emocionarme hasta la lágrima, como “Madame Butterfly” o el “Nessun Dorma” de Pavarotti, probablemente la voz que mejor lo ha cantado nunca. En la parte dedicada a la música romántica, el Tema de Lara me recordaba imágenes de soledades nevadas, de amores cálidos en paisajes fríos. Con el Danubio Azul, de la mano de un vals navegué de nuevo por la preciosa ciudad que es pura música. Y con el Bolero de Ravel crecía la intensidad de las notas, el corazón se aceleraba cabalgando entre caballos libres con las crines al viento en una playa hermosa y solitaria.
    El documental de Claudio López me contagió el olor de verbena de Butterfly; la recóndita armonía de Tosca; la alegría de un brindis, y alguna furtiva lágrima. Ópera y música romántica en un recital de buen gusto que nos hizo sentir, como a él, lo bella que es la música.
    Ella, bálsamo para el alma, sigue sumando emociones a mis momentos más queridos, a esos instantes sublimes que se recuerdan siempre, que brillan en la memoria como las estrellas en el cielo de Cavaradossi. “Un bel di vedremo”, canta Butterfly mientras escribo este artículo, y me recuerda aquella primera vez que una ópera me hizo llorar.
    Qué bella es la música, sí. Qué bella.

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