Tragicamedia

  • Desde el teatro clásico griego, la melange de tragedia y comedia siempre resultó sospechosa de frivolidad, cuando no pecado de banalidad moral; incluso desde Lope de Vega, a pesar de que con él la tragicomedia se consolidad como género y es aceptado por la mayoría de los espectadores y críticos. Pero no será hasta el siglo XX, con el Teatro del absurdo,  cuando el público comienza a aceptar que la risa no excluye necesariamente la profundidad dramática. No obstante, que se sepa, nadie se ha atrevido a meter lo bufo en los campos de concentración nazis. Sí Roberto Benigni con La vida es bella; si bien, siempre, con una delicadeza de extrema sutileza artística y respeto por los desgraciados de la masacre.

     
    Hasta hoy, cuando todos los recursos del género tragicómico, la muerte, lo falso, la picaresca y lo grotesco se mezclan y retroalimentan en la bufa escenificación grabada del desarme de ETA, a la vista misma del público damnificado aún sangrante, hasta conformar el más cruel teatro del absurdo y la impiedad. Donde la imbecilidad humana se conjuga con el inhumano terror, de tal manera que difícil será encontrar un episodio semejante a este del vergonzante abandono de las armas por parte de ETA, tan miserable, durante la larga marcha de la Humanidad.

     
    Los verificadores que protagonizaron el vídeo del presunto desarme de ETA son una organización holandesa que aspira a convertirse en una especie de referente mundial en la resolución de conflictos (sic). Son ellos a los que la banda terrorista ha elegido para representar su desarme (sic). El jefe de la organización es Ram Manikkalingam, de Sri Lanka. Profesor de ciencias políticas, ha trabajado en conflictos en Irak e Irlanda. Junto a él, el británico Chris Maccabe, encargado de asuntos políticos en Irlanda del Norte en los 90, y el político sudafricano retirado Ronnie Kasrils. Además, también estaban la ecuatoriana Aracelly Santana y la holandesa Fleur Ravensbergen. ¡Menudo quinteto de vividores!

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    Encapuchados, 2 etarras mostraron 1 fusil, 2 pistolas, 2 revólveres, varios cartuchos de balas y 2 granadas de mano, que los tontos útiles de los verificadores ‘verificaron’ como entregados. Naturalmente, terminado el esperpento, los terroristas volvieron a llevarse el ‘surtido’ arsenal. Mientras, 300 asesinatos yacen todavía sin resolver.

     
    A pesar de semejante tomadura de pelo, una prensa internacional sigue tragando con este teatro.

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