Historias que hacen llorar

  • En la pantalla del televisor aparecía un chico nervioso y emocionado que quería decirle algo a alguien, en uno de esos programas que cuentan historias que hacen llorar. El joven, adoptado, buscaba a su madre biológica, a la que añoró siempre a pesar de que su vida sin ella había sido feliz. Quería conocer sus raíces, necesitaba saber los motivos que llevaron a esa madre a abandonarlo. ¿Por qué no volvió a verla nunca? ¿Por qué no supo de ella?… Se atragantaba el joven al hablar, se emocionaba el público y el presentador… Y lloraba hasta el apuntador. Como siempre que oigo historias parecidas, me acordé de una niña que conocí cuando aún iba a la escuela; era mi vecina y jugábamos juntas en la calle a la comba, al diábolo, al hula-hoop… Pertenecía a una familia sencilla a la que yo veía vivir desde mi ventana. Su casa tenía un patio grande con una esbelta palmera, y en él lavaban, tendían la ropa, barrían, cocinaban.

     
    Desde mi ventana indiscreta veía trabajar  a un anciano arrugado,  curtido por el sol de muchas horas subido al carro con el que hacía portes para ganarse la vida; mi madre le llamaba “Calabuch”, porque le recordaba al viejo profesor de la película de Berlanga. Su mujer, una señora dispuesta que siempre llevaba un  delantal, era la que organizaba el ajetreo diario del patio, mientras su apuesto hijo, con hechuras de torero, montaba a su caballo, ensayando pasos alrededor de la palmera que luego pondría en práctica como picador en tardes taurinas de feria.

     
    Desde mi atalaya de cristal veía a  mi amiga moverse entre ellos, aparentemente feliz. Pero echaba de menos a su madre, que  murió al nacer ella, y a un padre desconocido del que hablaba siempre y del que no sabía absolutamente nada. El misterio de su ausencia era su obsesión y un tema tabú en la familia, y eso avivaba, aún más, el deseo de saber de él. A mí me fascinaba la historia;  me interesaba y me entristecía, a la vez que me hacía sentir afortunada por tener conmigo a un padre y una madre a los que me parecía.

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    Tanto era el empeño de mi amiga por saber, que el cura de nuestro barrio, que nos confesaba los sábados, conmovido por el deseo de la niña hizo algunas averiguaciones. Sin los medios de ahora, seguir un rastro era mucho más complicado, pero al fin lo encontró. Como el joven de la televisión, la niña se puso nerviosa y lloró al saberlo, y empezó a preparar el ansiado encuentro, que quería evitar su familia, quizá porque sabían mucho más que ella. Por fin, un día se fue a conocer a su padre.

     
    El patio de la palmera se quedó vacío sin ella; el anciano  y su carro entraban y salían por él como siempre; la mujer hacendosa   seguía con su delantal de acá para allá y el picador ensayaba posturas con su caballo. Todo parecía igual, pero en aquella calma tensa se adivinaba la inquietud por su ausencia.

     
    La niña volvió pronto. Decepcionada y triste, me contó que su padre no era el que había imaginado. Tenía otra mujer, otros hijos… Otra vida, donde ella no encajaba. Después de tanto tiempo esperando, idealizando, supo que toda su familia estaba dentro de aquel patio que yo veía desde mi ventana. Lo recuerdo ahora, mientras en el televisor siguen las historias que hacen llorar: el joven ha encontrado a su madre y ya sabe por qué lo abandonó. Y llora más que antes, porque las respuestas no han sido las que esperaba. Esa persona que ve por primera vez lleva su sangre, pero siente que no lo ha querido como esa otra madre que le espera fuera del plató.
    Al final, lo que cuenta es el cariño: los brazos que te abrazan; los ojos que velan tu sueño; las voces que te hablan con amor.

     
    A veces recuerdo a aquella niña a la que perdí de vista cuando una brújula caprichosa –y sabia– sabiendo que buscaba el norte, me trajo a vivir al sur.
    Desde una ventana distinta que me asoma al mar, pienso en ella y en el desasosiego que envolvía su infancia. Como el chico que lloraba en el televisor, ella buscaba un rostro, el eslabón perdido en su cadena de afectos. Buscaba a un padre, y sólo encontró a un extraño.

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