Junto al corazón de la momia

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  • Lo leí en una de esas tediosas esperas en la consulta de un médico. Junto a superficiales y retocados posados de los famosos de siempre, y frívolas noticias “del corazón”, una noticia distinta llamó mi atención. En las afueras de una ciudad surcoreana habían encontrado la momia de un hombre que vivió en el siglo XVI, y, junto a su corazón momificado, una carta de 1586 que su viuda, embarazada, había escrito para enterrarla con él. Era una sobrecogedora carta de amor: “¿Cómo has podido morirte sin mí? En mi corazón solo queda un dolor sin límites. ¿Cómo puedo vivir con el niño si nos faltas, pensando en ti, sin fuerzas para sosegarme?… Lee esta carta y contéstame en mis sueños”…

     
    Imagino lo que tiene que ser encontrar entre los restos acartonados de un hombre muerto hace quinientos años, un papel amarillento, arrugado, acartonado también, pero tan lleno de vida. El amor de ayer, de hoy, de siempre, latiendo entre la muerte; el amor intemporal abriéndose paso a través de los siglos.
    El amor, ese sentimiento único que suaviza y dulcifica lo agreste de cualquier camino, empujaba a una doliente viuda a escribir su pena junto al callado corazón que un día latió por ella. La carta era un llanto desgarrado por un amor perdido.

     

  •  “Yo, sin él, nada”

    Hace tiempo leí otra carta que alguien que conocí escribía hablando de una ausencia: “Yo, sin él, nada”. Ese “nada”, tan simple, tan rotundo, lo decía todo. La carta me emocionó porque conocía a los protagonistas, y me identificaba plenamente con la espantosa soledad que reflejaba aquel escrito de trazos nerviosos y desiguales. Ella, la que firmaba la carta, sin fuerzas para sosegarse, no tardó mucho en seguir a su marido. “Yo, sin él, nada”. La viuda de hace quinientos años escribía: “Siempre me dijiste: “Amor, vivamos juntos hasta que nuestro pelo encanezca y podamos morir el mismo día”. Qué hermosa declaración de amor. Quizá pensaba al escribirla lo que dice una canción de Sabina: “…Morirme contigo si te matas, y matarme contigo si te mueres…”Me encuentro alguna vez, paseando junto al mar, a una mujer que camina despacio con la mirada triste y perdida: ahora mira el vaivén de las olas; ahora las ramas de las palmeras donde alborotan los loros; después, hacia ninguna parte. Ella ve las mismas cosas que yo, pero las siente, seguro, de muy distinta manera. El mismo azul, la misma brisa, el mismo ruido de pájaros, las mismas flores… Todo tan igual; todo tan distinto. Sé que pasea en compañía de una soledad que no eligió y que le pesa demasiado. “Yo, sin él, nada”.

     
    Me pregunto qué pasaría con la vida de aquella mujer del siglo XVI que dejó junto al corazón de su marido un escrito tan bello. Quizá, pudo superar su pena con la risa de ese hijo que esperaba, que le empujó a seguir viviendo y le devolvió el sosiego perdido; quizá, envejeció y se llenó de canas echándolo de menos cada día, cada momento, cada minuto. Tal vez, murió de pena poco después porque nadie contestó a sus preguntas ni siquiera en sueños. Lo cierto es que su carta, su impresionante lamento de amor, sobrevivió al tiempo y apareció, quinientos años después, ante los atónitos ojos de unos arqueólogos que se emocionaron, sin duda, al leerla, como me emocioné yo.

     

    Miro esa carta de trazos orientales y me pregunto si su mensaje de amor llegó a alguna parte

    La mujer triste seguirá paseando, viviendo a su pesar una vida que soñó distinta. Recordará esos ojos, ahora ausentes, que la miraban con amor, y esa voz que le decía bajito: “lo que yo quiero, muchacha de ojos tristes, es que mueras por mí”. Pero no se murió ella; no, al menos, físicamente. “Amores que matan, nunca mueren”.

     
    Miro esa carta de trazos orientales y me pregunto si su mensaje de amor llegó a alguna parte. Todo es tan misterioso detrás de esa línea sutil que separa la vida y la muerte… Junto al corazón de la momia, la pena de una ausencia despertó y nos conmovió.“¿Cómo has podido morirte sin mí?”… No se puede querer más. No se puede decir mejor.

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