Esas fotos que me hablan

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  • Las veo a diario. Son imágenes de tiempo vivido que guardé tras el cristal de coquetos portarretratos. Encima de una mesa, de una estantería, o adornando una pared, ellas me miran y me hablan sin hablar. Veo a una señora elegante, con su pelo ondulado y su collar, que parece decirme: “Qué mayor te has hecho desde que me fui”. Veo a un señor apacible que me lleva de la mano junto a mi hermano por un camino verde, y me perece oír su voz: “Sé que escribes en mi mesa, y que oyes mis zarzuelas”. Veo a unos adolescentes en la playa mirándose a los ojos ajenos al mundo, soñando un futuro que fue tan intenso como imaginaron.

     

    Les veo también vestidos de boda, nerviosos y felices, y junto a unos niños risueños que juegan al sol de una habitación. Veo la risa de mis amigos, y a un soldado guapo, serio, que mira nostálgico al infinito pensando en volver. Y veo a una pareja que aparece en todas partes, en lugares bien distintos, mirando a la cámara desde un río, una pirámide, una góndola, un puente de París… Son momentos felices que se quedaron para siempre atrapados en la memoria y en el papel, y que fui sacando a la luz, a capricho, desde un cajón “desastre” donde duermen el paso del tiempo. Rostros, paisajes; la infancia, la adolescencia, la madurez; las risas, las tristezas, las arrugas, las canas; las presencias, las ausencias… Los años vividos, que me hablan.

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    Las fotos nos devuelven instantes que quisimos que fueran eternos. Cada día miro el marco de madera que tiene una libélula prendida en un anochecer de verano; junto a un río limpio que atraviesa un puente romano, la foto guarda intacto un paseo tranquilo por su orilla, entre el silencio intermitente de los grillos y el murmullo de la corriente del agua. Puedo oírlo. Cada vez que lo miro puedo oírlo. Ese anochecer está ahí, contenido, protegido, vivo para siempre. A su lado, otro instante de paz en un silencio distinto; esta vez luce el sol y cantan los pájaros de la mañana junto al sosiego de un Santuario. Delante de esas cruces de piedra que me son tan familiares, las sonrisas se ensayan para elegir la mejor y guardarla   después en el papel. La miro ahora, que han pasado los años, y me sugiere paz, mucha paz; si cierro los ojos, hasta puedo oír los cantos gregorianos de los frailes. De pequeña me gustaba sentarme en los bancos de madera para oír esas voces solemnes entre imágenes de santos que llenaban las paredes de piedra. Sin entender los cánticos, ni por qué me gustaba oírlos, en aquel lugar me sentía bien.

     

    La foto de las cruces me acerca a aquel tiempo, y me pasea por alrededores solitarios entre la penumbra fresca de los helechos y los castaños. Todo eso está en la foto, todo cabe en un trocito de papel amarillento que se paró en el tiempo y que me mira y me habla cada mañana: “Por este silencioso lugar paseaban tus abuelos, tus padres, tus hermanos…” Si fuera verdad que algo de los que se van se queda en los lugares que amaron, en cualquiera de esos rincones estaría su esencia. También en las fotos se siente su pálpito, la huella de vida que dejaron atrás. Esa senda de afectos que recorro sin querer cada vez que me encuentro con sus miradas en sepia.

     
    Las fotografías de mi casa me acompañan; pasar entre ellas es pasar por las calles de ayer y de hoy, añorar lo que fueron, sentir lo que son. En la mesa donde escribo, tras el cristal de un marco de arabescos plateados, una jovencita con los brazos cruzados me mira con sus ojos soñadores… Sé lo que piensa, oigo lo que me dice: “Ya no tienes los ojos grandes ni las pestañas tan largas; no tienes el pelo tan oscuro ni podrías ponerte esta ropa que ves. Has cambiado mucho, y yo me quedé igual, joven, perfecta, detenida en mis trece años; a salvo del paso del tiempo en esta urna de cristal. Me eternicé en un instante y me quedé para siempre soñando en color sepia. Pero tú has vivido”.

     
    He vivido, sí. Me lo dicen las caras de esos silencios que hablan. Sé que es una suerte poder mirar su vida en blanco y negro, sintiendo latir la mía desde una mirada en color.

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