Vélez no tiene suerte (3)

  • La verdad es que no tengo derecho a quejarme: si aquí, en Vélez, no hemos puesto el más mínimo interés en escuchar o leer (con atención) las ideas, proyectos u opiniones de nuestros intelectuales más adelantados de los últimos tiempos —Antonio Segovia Lobillo, Joaquín Lobato o Martín Galán (no hablemos de María Zambrano)— ¿por qué me voy a quejar yo de que mis ideas y pensamientos vertidos públicamente en cientos de artículos de periódicos (Sur, Sol de España, Sol del Mediterráneo, El Avance, El Diario o en mis propias publicaciones comarcalistas, El Comarcal (1ª y 2ª época), Correo de Vélez, La Axarquía o El Tribuna) cayeran, o sigan cayendo, en saco roto? Máxime, cuando nunca me preocupé (lo admito) de que mis barruntos e iniciativas, o críticas, fuesen al compás de las preocupaciones de los lectores o del poder; tantas veces, a contrapelo del gusto y la oportunidad.

     
    De los que no se enteraron
    Viene este preámbulo a cuento, porque hoy quiero traer a colación un azaroso encuentro carmelitano (junto al quiosco de Emilio), de hará un par de semanas, con los arquitectos Antonio Galvín y Miguel García, y el hermano de este, Humberto; tres profesionales supuestamente avezados en el conocimiento de la ciudad y su entorno. Siendo principales —al menos dos de ellos, Antonio y Humberto— dentro de la plana mayor de nuestros técnicos municipales, y, por tanto, significados voceros del sentir y del pensar del gremio. Charla mañanera, y breve, aunque de suficiente enjundia como para quedarme con la preocupante conclusión de que estos máximos responsables y ejecutivos, cuando no autores, de las obras más importantes de Vélez-Málaga durante los últimos treinta años, han pasado tal cual de mi largo combate (¿40 años?) en ayudar a poner a mi pueblo, y su comarca, en la órbita del siglo XXI: periódicos comarcalistas, Manifiesto comarcalista, escritos teóricos, libros, Centro de Estudios de La Axarquía (CEA), con las nuevas tecnologías como punta de lanza. Ellos (incluidos los políticos), como buenos veleñistas se contentaron con el Vélez semanasantero, entendiendo la comarca a lo Antonio Gámez, cual ‘república independiente de la Axarquía’, con su moneda propia, el Axarco, por todo horizonte. Tampoco esto último: de sus labios, en la charla, volvió a salir aquel viejo reproche (en singular, contra mi persona) de que ‘todo eso de La Axarquía sólo ha servido para quitarle protagonismo al nombre de Vélez’.

     
    Ni tan siquiera se pararon, técnicos y políticos, a sopesar sobre la estela exitosa de la Noche del Vino de Cómpeta, por si a los veleños nos podía servir para animar encuentros comarcales en Vélez, de gastronomía, de folclore, de artesanía… Hasta nuestro historiador Paco Montoro se ha olvidado —a la hora del recuento en sus Notables de la Axarquía— de algunos ajárquicos nombrados por el CEA durante sus veinte años, que han sobresalido, o nos han ayudado, en los diferentes campos del hacer y del saber, comarcano o universal: Paco Maroto, Carmen Cabello, José Ríos García, José Ruiz Ávila, José Carlos García Ortíz, Carmen Jiménez Alonso, Antonio Peláez Toré, Lacomba Abellán, Juan Fernando Ortega, Luis Miguel Coín Cuenca… O el caso de Antonio Souvirón, que apostó por la incorporación de Vélez-Málaga en el Área Metropolitana de la capital malagueña, a costa de darle la espalda a la aventura de la capitalidad comarcal. ¿Le faltaron reflejos y miras políticas para atender al par las dos apuestas? Consecuentemente, la pifiamos en los dos frentes.

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    Ante tales desafueros o desidia intelectual, podría recurrir al socorrido reproche, ‘ellos se lo pierden’. Pero el asunto va más allá de que unos u otros hayan prestado más o menos atención a estas o aquellas propuestas o iniciativas: el problema es que los pueblos que no escuchan a sus ciudadanos, carecen del calor y el saber humanista de la ciudadanía, para quedarse entumecidos entre las estrechas y frías paredes de la burocracia tecnocrática. Desoír (no atendiendo) nuestros llamamientos a la cohesión inter-municipal, referenciada en su capital comarcal, bajo el lema ‘local & global’, o lo que es lo mismo “ser veleño y universal al tiempo”, para mejor relacionarnos entre nos y con el mundo, o nuestra temprana apuesta por las tecnologías punta —en su día apoyada por personaje tan señero del sector como Felipe Romera, el director del PTA—, fueron dos dimisiones históricas de Vélez-Málaga ante el inminente cambio de siglo. Acaparado Vélez por la castrante política independentista de Torre del Mar, cuando más peso simbólico tenía la unidad de Vélez-Málaga, en tanto que capital comarcal, y más atención de sus instituciones requería el desafío lanzado para su mejor modernización, fue una desafortunada coincidencia en el tiempo. Que vino a distraer y confundir la novicia política democrática veleña y a secuestrarla, por tanto, de la atención al movimiento comarcalizador que durante una veintena de años, contra viento y marea, sostuvo aquel grupo de veleños y comarcanos de manifiesta vocación ilustrada y ambición modernizadora que acompañaron al CEA: Antonio Segovia, Pepe Ríos, Paco del Pino, Navas Acosta, Lacomba Abellán, Lópe de Coca Castañer, Peláez Toré, Antonio Serralvo, Natividad Díaz Paniagua, Coín Ruiz, entre muchos, y tantos alcaldes axarqueños que de verdad metieron el hombro.

     
    De los que sí se enteraron   
    En estas, los únicos que vieron el Vélez del siglo XXI, entendiéndolo como “el corazón de la Axarquía” —en tanto que punto de encuentro, coordinador y abastecedor de las necesidades comerciales, culturales y turísticas, de sus 31 municipios—, fueron los de Larios, con la inauguración (noviembre 2000) del centro comercial El Ingenio. Aunque, bien es cierto, que la mancomunada Axarquía actual poco tiene que ver con aquella por la que el CEA trabajó durante los años 80–90. Traspasada simbólicamente la responsabilidad de la comarcalización del oriente malagueño a las instituciones —durante la celebración en el veleño Teatro del Carmen del Día Comarcal de La Axarquía de 2003—, el cansado CEA se disolvió. De inmediato, las instituciones y su clase política mostrarían el más absoluto desprecio, o ignorancia, hacia las ideas y los eventos que —a lo largo de esos años— los convocaban todos los 21 de Marzo (primer día de la primavera) para protagonizar el Día Comarcal, en este o aquel municipio, de una punta a la otra de la comarca, desde Comares a Nerja.

     
    Con las cosas de la comarca ya en manos de los políticos y la tecnocracia, volvimos donde solíamos: a la Mancomunidad de la Costa del Sol-Axarquía de una docena de municipios, que sólo se ‘comarcalizó’ al olor de la sardina de los 43 millones de euros del plan ITS (Iniciativa de Turismo Sostenible) de 2009, cuando los municipios, incluida la siempre díscola Nerja, se apuntaron en tropel. De cualquier modo, quede claro, la aventura comarcalizadora del CEA (1983 – 2003) nunca la vimos incompatible con la Mancomunidad o la Apta, al entender estas como instrumentos específicamente costasoleños.  El problema estaría en el caso de que sus políticos y expertos confundan comarcalización con mancomunidad, concluyendo erróneamente que aquel ‘traspaso’ de 2003 fuera asumido y cumplido. El mensaje es: no se trata de que las instituciones y sus expertos tengan que estar pendientes de las sugerencias de los de abajo, pero sí que deberían de haber tenido la curiosidad, qué menos, por ver si algo interesante les rondaba por la cabeza a sus vecinos, para, en caso positivo, mirar de reforzar las instituciones con una mejor musculatura humanista, ilustrada y cosmopolita.

     
    Claro que no todo fueron oídos sordos, el diseño comarcal, ahí está: Los 31 municipios, su bandera y sus escudos, la capitalidad, las rutas turísticas… Están los nombres, los archivos y la memoria, pero a falta de una vecindad comarcana con mentalidad ‘local & global’, que aliente a la gente e ilumine los conceptos y los proyectos. Juan Gámez se comprometió seriamente con el desafío comarcal; yo mismo fui elegido por todas las instituciones políticas y civiles veleñas para presidir la plataforma en defensa de la unidad del municipio; la mejor veleñez nos arropó en nuestra apuesta por la autovía norte;  los profesores Lacomba y Lope de Coca nos acompañaron hasta el final; Salvador M. Peralta puso a nuestra disposición su genio y su carisma y Felipe Romera se  ilusionó con nuestro proyecto. Hasta el alcalde de la ciudad de italiana de Siena, la del Palio (nuestro paradigma de cohesión social inter-barrios), Pierluigi Piccini —que no pudo estar en Vélez por un compromiso ineludible de última hora con el entonces primer ministro italiano, su paisano de Bolonia Romano Prodi—, nos envió a su ‘assessore alle attività economiche’, Ezio Rotondo, para conocer in situ nuestra insólita experiencia comarcal. O, en fin, ahí sigue el pentagonal quiosco carmelitano, el único punto de encuentro vecinal que nos queda, gracias a que Miguel Delgado nos escuchó.

     
    Del Quijote y el CAC
    Tal vez animado por estas rememoradas atenciones para con mis barruntos, no me gustaría terminar sin dejar de avisar a los poderes públicos veleños (“no es mal amigo el que avisa”) de la conveniencia objetiva de atender estas sugerencias: Una ‘Sala Cervantes’ donde poder explicar y exponer ante el mundo el papel principal que la ciudad de Vélez-Málaga tuvo en la vida de don Miguel de Cervantes y en la mismísima creación del Quijote, tal y como se pone de manifiesto en mi libro El Capitán Cautivo. También, y entiendo que urgentemente, la apertura de una ‘casa-museo de La pintura veleña’ (cualquier caserón barato del entorno de Las Carmelitas valdría), para que pronto el CAC pueda verse liberado de compromisos locales, que no es lo suyo.
    Amén.

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