Siempre hay algo que aprender

- Publicidad -
  • Afirmaba un conocido economista cordobés, afincado en Málaga, que la actual situación de crisis anima al optimismo en el sentido de que a través de ella descubriremos que habremos de ser nosotros mismos, fundamentalmente quienes desempeñan liberalmente su profesión o se dedican al mundo de la empresa o los negocios, quienes aportemos las soluciones sin esperar a que las mismas nos vengan dictadas desde los diferentes niveles del poder político.

    Frente a ello, un buen amigo, notario, nos comentaba, en su despacho, la parálisis casi total en la que está sumida nuestra sociedad, la cordobesa más concretamente, sin que se atisben signos que nos hagan presagiar una pronta recuperación de la crisis que vivimos, aludiendo a la ausencia de liderazgos válidos que apunten en la dirección de recuperar la atonía que padece el músculo social de nuestra economía, sin estímulos todavía suficientes para hacerlo reaccionar.

    Y es que, ciertamente, junto a una situación límite que debiera alimentar la creatividad de todos aquellos que la padecemos -que en mayor o menor medida lo somos todos- la atmósfera que se sigue respirando viene marcada por el enrarecimiento de un ambiente cargado de elementos negativos que contraponen el optimismo al pesimismo sin vislumbrarse con claridad cuál de ambos conseguirá salir vencedor.

  • El propio mensaje de S.M. el Rey en el día de Navidad mezclaba ambas sensaciones

    El propio mensaje de S.M. el Rey en el día de Navidad mezclaba ambas sensaciones cuando por una parte, con absoluta rotundidad, afirmaba: «Para mí la crisis empezara a resolverse cuando los parados tengan oportunidad de trabajar», para, unos párrafos después, invitarnos a «recuperar la confianza en nosotros mismos y en nuestras posibilidades para hacer realidad nuestros mejores anhelos como españoles».

    No se refería el Jefe del Estado a un determinado grupo de parados sino a todos aquellos que habían perdido su empleo o aún no habían tenido oportunidad de acceder al mercado laboral, cinco millones de desempleados oficiales, que al ritmo de creación de empleo que establecen las predicciones, una vez que definitivamente podamos dar por concluida la destrucción de puestos de trabajo, nos hacen muy lejana la resolución de una crisis que no es únicamente la expresión de una larga secuencia de números rojos sino, más que nada, de tragedias personales que se esconden tras esos balances negativos.

    En todo caso, y creo que ya lo he expuesto en alguna ocasión en estas páginas, junto a esa confianza y creatividad que deban animar nuestra resolución para salir del atolladero en el que nos hemos o nos han introducido, hace falta que desde las instituciones, públicas o privadas, del país, se establezca un cierto nivel de corresponsabilidad y sinergias, al margen de proteccionismos paternalistas, que faciliten los cauces para hacer realidad las ideas y proyectos que pudieran generarse, algo que en la actualidad no se produce, al menos con la fluidez necesaria.

    A la vez, resulta indudable que las instituciones o la propia sociedad no podrán cumplir con sus fines si al frente de ambas no se sitúan personas con el necesario poder de liderazgo -y esta cualidad va mucho más allá de la simple capacidad para arrastrar masas- para vislumbrar con nitidez los objetivos a alcanzar y saber poner en marcha los mecanismos necesarios para conseguir los fines propuestos.

    Córdoba, nuestra ciudad, muestra, en el momento actual, ese déficit de líderes sociales, en los más variados sectores -evitaré señalarlos para no herir susceptibilidades nada más comenzar el nuevo año-, que no se compadece con la necesidad de contar con cauces de desarrollo que nos permitan avanzar a una velocidad bien distinta a la actual.

    Por ello que economista y notario tuviesen razón en sus comentarios, como bien expresaba, también, Juan Carlos I, dejando traslucir ambos esa mezcla de sensaciones que la sociedad española vive en estos momentos, entre lo real y aquello que pudiera ser, y que tantas dudas aún generan.

    Habremos de modificar sustancialmente la razón de ser de nuestras instituciones y entidades de todo tipo, redirigiéndolas al beneficio común, y a título individual será necesario que hagamos caer de su pedestal a los ídolos de barro, sustituyéndolos por líderes sólidos si no queremos seguir arrastrándonos tras aquellos que son incapaces de levantar la cabeza por encima de los demás para guiarnos.

    - Publicidad -
  • DEJA UNA RESPUESTA

    ¡Comenta!
    Introduce tu nombre

    Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.