Navideña calle Larios

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  • Entre una marea humana moviéndose hacia arriba o hacia abajo, los brazos se alzan atrapando con el móvil instantes precisos. Caras sonrientes, niños con gorro y bufanda  alrededor de mimos y payasos que regalan globos de colores. Tiendas abiertas, restaurantes y cafeterías llenas hasta la bandera, con sus mesas inundando la calle, añadiendo el calor de sus estufas al calor humano que se respira en las tertulias de familias y amigos. Bajo un techo elegantemente iluminado con guirnaldas plateadas y enormes lámparas doradas que cuelgan del anochecer de Málaga, con sus farolas coronadas de rojos pascueros, la calle Larios deslumbra. Con­­­vertida en un grandioso y barroco salón abierto a todos, junto a escaparates vestidos para la ocasión, un río de gente pasea sin prisa entre villancicos y pasodobles; Los moraítos regalan su música en vivo animando a los paseantes, que les rodean jaleando con palmas y olés. De la trompeta, el saxo, el clarinete, el tambor…, escapan los inconfundibles compases de Nerva. Sin pensárselo dos veces, una sonriente anciana saca a bailar a su pequeño nieto. La señora, que pasa de los ochenta, se mueve con soltura mirando al tendido, brindando su gesta al respetable; el niño, serio y muy en su papel, sigue la música atento al compás que le marca su abuela. Otras parejas se animan a bailar con igual entusiasmo, mientras el joven de la trompeta, subido en un banco, se luce con el precioso solo del pasodoble. La hermosa y elegante calle Larios, vestida de Navidad, vibraba a los sones de Nerva.

     
    Preciosa estampa para el recuerdo. El mundo parecía detenerse entre bombillas enseñando su cara más lúdica, y, por momentos, las luces eran muchas más que las sombras. La calle Larios lucía espléndida y la vida que transitaba por ella era la viva imagen de una tregua navideña. Un paréntesis de paz y concordia para la desesperanza. Atrás quedaban las sombras: las protestas, el paro, los desahucios, las colas en los comedores sociales, los asesinos y violadores paseando libres ante el estupor de sus víctimas y la impotencia de todos…

     
    Pero brillaban las guirnaldas y la música seguía tocando; el payaso hacía reír a los niños con sus historias de circo y un improvisado bailaor zapateaba espontáneamente el asfalto al compás de la música exclusiva de sus dedos al aire. Los vendedores de almendras preparaban sus cucuruchos y el gran árbol de la plaza era el más codiciado fondo de pantalla para cualquier sonrisa. Por encima de nuestras cabezas, los móviles de último modelo seguían guiñando su ojo omnipresente, atrapando momentos y semblantes felices.
    Después del paseo, todo volvería a la normalidad: se rompería la tregua y los informativos volverían a ponernos los pies en el suelo y el estómago revuelto. Las luces navideñas perderían fuerza y las sombras volverían a oscurecer el horizonte. Otra vez las voces susurrantes de los anuncios incitando a los niños a pedirlo todo, y a los mayores a imaginar paraísos poniendo los sueños a jugar. Pero, mientras tanto, la imagen festiva de una  calle abierta era la mejor postal de felicitación navideña: “La señorial calle Larios les desea Feliz Navidad y próspero Año Nuevo”.

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    En pleno corazón de Málaga, la popular calle resulta hermosa en cualquier tiempo: con toldos veraniegos de feria; entre saetas e inciensos; con máscaras de carnaval; con desfiles de arte, de moda, de cine, o vestida de Navidad. Concurrida, animada, acogedora, luminosa… Sencillamente, preciosa.

     
    Con su imagen brillando en la noche como un ascua de luz, vuelvo a casa. En la esquina de siempre, la oronda lotera, con su coqueto delantal y el clavel en el pelo, pregona la suerte y me ofrece un número que termina en seis. “Llévatelo, morena, que te va a tocar”. No me resisto, y, aunque no me gusta el anuncio, pongo mis sueños a jugar.

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