Después de tus versos

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  • A mi primo Eduardo,
    in memoriam

    Han llegado a mis manos al final del otoño, cuando las nieves empiezan a pintar de blanco los paisajes y el viento frío levanta las hojas muertas de la melancolía. Rozando el invierno, las calles se reinventan con luces y estrellas de colores que anuncian la Navidad. Para mí es un tiempo de nostalgia, un desconcierto que revuelve de alguna manera vivencias lejanas, rincones soñados, afectos perdidos. Navegando en el tiempo, en papeles blancos, fríos, impersonales, a través de un ordenador, “endemoniado cacharro”, que dice nuestro primo Antonio, entre las luces y las sombras de un otoño más, el último para ti, tus versos han llegado a mis manos envueltos en ausencia.

     
    Con la emoción de imaginar el cuándo, el porqué y el cómo los escribiste, voy leyendo esas líneas escalonadas, esos jirones de un alma sensible, esos desgarros de un corazón abierto a la vida, cantando al amor sin reservas: “Me he prendado en su ardor como una mariposa / olvidé las estrellas / des­­­­pre- cié las palabras / y estuve entre tus labios / como un niño en la cuna”. Quizá lo escribiste una noche cualquiera de esos veranos de pinares y ríos transparentes, de bailes de adolescencia al son de gaitillas alegres; veranos de pueblo al calor de una casa grande donde reinaba la presencia de una abuela entrañable, que yo recuerdo aún entre el olor a medicinas que subía por la escalera y las notas dulces que escapaban de un piano abierto. En aquel tiempo yo crecía entretenida buscando grillos al abrigo de la luna y las estrellas; sorprendiéndome por nada y por todo; maravillándome,  al sol del verano, ante el vuelo sincronizado de las libélulas en el río. Jugaba despreocupada de casi todo, mientras mi hermana y tú paseabais esos años de rabiosa juventud entre risas de  primos  y amigos. Compartiendo el presente; idealizando el futuro. Mi hermana me lo contaba años después. “El primo Eduardo, tan guapo, tan interesante, era el centro de la pandilla; mis amigas estaban locas por él”. A través de ella supe que eras romántico y cercano y que te gustaba escribir versos. Esos versos que hoy han llegado a mis manos con la emoción añadida de saber que los leo cuando ya no estás. “Un ramo de silencios germinados / como trigos errantes, como olivos / junto al río con la imagen de tus ojos / que no quieren ser voz ni ser olvido”.

  •  

    Yo también busqué muchas veces transformar en versos los silencios; que germinaran en forma de palabras bellas que lo dicen todo. Pero los versos se me resistían siempre y me dediqué a llenar cuartillas a golpe de impulso, de forma desordenada, sin rimas ni pausas, ni acentos precisos. Sin melodía. Escribía los silencios para seguir callada. Y esperaba, quizá, que al­­­- guien me oyera leyéndolos.

     
    Pasaba el tiempo, la familia crecía y se dispersaba, y yo almacenaba recuerdos en esa agenda íntima del alma que los conserva intactos, vivos para siempre. “Apenas en el aire tu recuerdo / apenas la memoria de tu encanto / apenas si te encuentro o si te pierdo”. Tu alma se me asoma verso a verso, y te oigo en cada renglón, en cada pausa de esos silencios que hablan. Ha pasado como un soplo la  vida; nos movimos cada uno por caminos distintos aunque siempre supimos todos de todos, unidos por ese lazo de afecto que nos mantuvo juntos estando lejos. Ayer hablé con mi hermana, “tu prima preferida”, y entre sonrisas y lágrimas volvimos a verte en casa de la abuela; paseando al lado del castillo, bañándote en el río, bailando en la plaza… Preparando el corazón, latido a latido, para escribir esos versos que hoy te sobreviven y nos hablan de ti después de ti. Cuando ya te has ido, a través de tus versos me llega el suspiro de una vida plena que ya traspasó la “sutil frontera”.

     
    Después de tus versos, el viento es más frío y el anochecer de bombillas y estrellas navideñas menos luminoso. El otoño se me antoja diferente. Gris. Desapacible.
    Y triste.

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