…y brillaban las estrellas

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  • Espero la hora tomando café en una de las terrazas de alrededor. Mucho ambiente de sábado en las calles de la animada Plaza Mayor: tiendas abiertas, familias con niños que juegan en mullidos castillos hinchables, y jóvenes que sacan su entrada para cualquiera de las películas que se anuncian en una gran pantalla. Refrescos y palomitas para pasar la tarde en el cine viendo historias diversas desde una cómoda butaca. Delante de mis ojos la gente pasa despreocupada, riendo, charlando, inmersa en la placidez de unas horas de ocio. Acabo mi café mirando el reloj para llegar puntual a la cita en la sala de un cine que me transportará, saltándose las distancias como por arte de magia, al Metropolitan Ópera House de Nueva York. Allí me esperan dos horas intensas. Allí me espera “Tosca”.

     
    Entro en el cine recordando escenas que he visto en casa para preparar el ánimo: Plácido Domingo, interpretando a Mario Caravadossi, pinta una María Magdalena inspirada en la “recóndita armonía” de una marquesa; en una iglesia de la Roma de mil ochocientos, el pintor canta comparando su belleza con la de su amada Tosca. En el cine, a la hora prevista se abre para nosotros el telón de una pantalla que nos llevará en un instante a un teatro de Nueva York, y desde allí, inmersos en la música que un día imaginara Puccini para el sobrio decorado de una iglesia, empieza el deleite, la sacudida de fibras sensibles, el vibrar de los sentidos. Otras voces, otros tenores y sopranos, que me emocionan igualmente sin remedio. Mario canta reafirmando su amor a Tosca, y su canto bellísimo nos contagia y nos transporta a otra época, haciéndonos olvidar por completo que solo estamos en un cine. En la butaca de al lado alguien mira atento a la pantalla y después me mira a mí, y me dice sin hablar que le encanta lo que oye y lo que ve. Yo contesto con los ojos que a mí también me gusta, como a él, que un amor así esté por encima de todo, que  entiendo los celos de Tosca, que me conmueven las hermosas palabras de Mario para convencerla de que son infundados. Entre caricias, miradas de amor y el impresionante Te Deum que canta la con­­- gregación, se acaba el primer acto. Un intermedio de media hora nos enseña entonces cómo se cambia un grandioso decorado para convertir una iglesia en el palacio donde el malvado Scarpia imagina el placer de tener a Tosca bajo control. Con miradas lascivas y su poderosa voz, el barítono  relata el oscuro deseo de tener entre sus brazos a la amada del pintor. A piu fuerte sapore, canta, y ese fuerte sa­bor te envuelve con la música que alguien ideó hace muchos años, y que te lleva a otro tiempo, a la belleza de un amor intemporal.

     
    Intrigas, espías, torturas… Scarpia queriendo forzar la confesión de Tosca, que implora a Dios,  para salvar a su amor, cantando Vissi d’arte. Intenso y trágico acto donde ella se libra del malvado y sueña con un final feliz. Aplausos en la sala, caras de emoción y de asombro, y la pantalla que nos muestra otro cambio de decorado. Esta vez será el castillo de Sant’Angelo, que vemos crecer pieza a pieza hasta colocar el gran plástico oscuro que será para nuestros ojos el agua del río Tíber de la escena final. Caravadossi espera al alba su ejecución, y su nostalgia convertida en canto nos sobrecoge. Recuerda las horas felices junto a Tosca, evocando los besos, las caricias, el sueño de amor que parece desvanecerse. Maravilloso su E lucevan la stelle; a una hora de ser ejecutado, Mario canta su infinita tristeza evocando  cuando brillaban las estrellas… “Y jamás he amado tanto la vida”. Después, él y su amada imaginan a dúo un futuro en libertad que nos hace llorar sin remedio. Impresionante la Tosca que vimos ayer en un cine sin palomitas. En momentos así, pien­so, como Caravadossi, que jamás he amado tanto la vida.

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    Y vuelvo a casa con la emoción íntima y la paz que te deja la música. Del cielo de Málaga colgaba una plateada raja de melón con destellos de luna. Y, como en el cielo de Tosca, brillaban también las estrellas.

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