La mejor máquina del mundo

  • Máquinas fantásticas, haberlas haylas, muchas y de todo tipo: Las máquinas de resonancia magnética MRI, que se utilizan en todo el mundo y son de enorme importancia para los problemas circulatorios o el maldito cáncer. El telescopio espacial Hubble, un artefacto que en el exterior de la atmósfera orbita alrededor de la Tierra y que está logrando que los científicos se replanteen la edad del Universo, desde aquel Big-Bang: de los 14 mil millones de años consabidos a sólo 8 mil. El bello y brutal Bugatti Veyron, un coche de calle capaz de pasearnos a 430 kilómetros por hora. O, en fin, el Gran Colisionador de Hadrones, LHC, el instrumento científico más grande jamás construido, situado en las cercanías de Ginebra —con un túnel de 27 km de circunferencia y más de 2000 físicos de 34 países y cientos de universidades y laboratorios del mundo—, que el 4 de julio de 2012 confirmaba la existencia del ‘bosón de Higgs’, a veces eufemísticamente llamado ‘la partícula de Dios. Cuyo promotor intelectual,  el físico Peter Higgs, acaba de recibir el Premio Príncipe de Asturias, y pronto el Nobel.

     

     
    Bueno, pues todas estas máquinas producidas por la genialidad humana, aunque parezca paradójico, son poca cosa comparadas con esa otra que cualquier persona, usted que habita en mis antípodas o yo que vivo en Vélez-Málaga, podemos llevar displicentemente en el rascado bolsillo: el hoy experimentado, consolidado y aceptado móvil (antes chocaba por grandote) Note 3 de Samsung, recién salidito del horno coreano. Aquellas son fruto, sin duda, de la excelencia del conocimiento de los hombres, construidas para acrecentarlo: escudriñar el universo, sentir el vértigo embriagador de la velocidad, salvar vidas o resolver los cálculos matemáticos más abstractos y ocultos. Pero, en sí, son torpes mastodontes que no responden más que a unos exclusivos fines y sólo pueden ser manejadas por expertos de élite.

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    Planteado así el asunto, obligado estoy con el paciente lector a explicar cómo he podido, desde mi experiencia, llegar a tan temerario barrunto. Siempre (desde aquel pionero Macintosh de Apple) me he manejado con ordenadores de mesa para la edición de mis axarqueños periódicos, y algo después también con el milagro (sin comillas) de Internet. En los que tempranamente publiqué tantos escritos sobre las grandes posibilidades que se le abrían a la comarca malagueña de La Axarquía (y a su movimiento ciudadano por su comarcalización & modernización, el CEA), en el supuesto caso de que no desfalleciésemos, gente e instituciones, en la atención a los avances tecnológicos  (la interacción ‘local y global’, y viceversa) aplicados a la computación personal y universal. Que por entonces empezaban a hacernos soñar con la posibilidad real de interactuar con la “aldea más remota” (McLuhan) y acceder, desde tu mesa, al tesoro de los conocimientos acumulados durante la larga marcha de la Civilización. Todo esto llegó, y hasta ha dado tiempo de que los más nuevos crean que siempre estuvo. Otro tema, que no viene al caso hoy, es cómo se digiere positivamente todo esto.

     

     
    La verdad es que yo andaba sobrado con mi Nokia, que tiene todo lo que necesito de un móvil, teléfono y alarma. Para más ya tenía el ordenador. El móvil aún no había alcanzado el grado de excelencia, ni yo esperaba que pudiera llegarle tan pronto. Está claro que la adelantada revolución de los Note de 5.5 pulgadas, de apenas dos años, me pasó desapercibida en cuanto fenómeno: tal vez por su ‘extravagante’ gran pantalla que, por primera vez, rompía la tendencia de achicar los móviles, desde aquellos originarios bloques de más de dos kilos de peso. Hasta que hará un par de meses, me llamaron de Orange para ofertarme una nueva tarifa tipo pack más económica.

     

     
    Y como suele pasar en estos casos, ya aprovecharon para ofrecerme también la modalidad de poder adquirir un móvil de última generación (los smarphones) con sólo un módico pago de entre 9 y 13 euros, durante 24 meses. En fin, la consabida política de mantenernos a los urbanitas de a pie endeudados ad infinitum: “Incluso para un humilde pensionista como yo, pensé, ¿qué son quince o veinte euros al mes?”.

     

     
    No acepté la oferta online, pero me quedé tocado por eso de los smarphones y la posibilidad de su compra ‘tan asequible’. Así que, a través de Internet pude comprobar que por mi nula atención a la vertiginosa evolución de los móviles, en efecto, me había quedado atrás, sin enterarme de que las condiciones y características que yo esperaba que algún día trajesen, ya estaban aquí: con pantallas full HD de más de 5 pulgadas para poder manejar como Dios manda Internet, formidables cámaras fotográficas y de video, …y !con teléfono! Pero justamente en septiembre pasado, cuando mi interés por estas máquinas se calentaba, las marcas Sony, LG y Samsung presentaban a nivel mundial sus ‘phablet’ (de phone y tablet: ph-ablet): una nueva categoría de teléfonos entre el móvil y la tableta, como los Z1 y Ultra, LG-G2 o el Note 3.

     

     
    Ya estaban aquí, y yo sin enterarme, las máquinas que con un tic te ponían a tu disposición, estuvieses en Vélez o en Nueva Zelanda, todo el Planeta visto a pie de calles y paisajes, todos los conocimientos (y, por supuesto, todas las fruslerías imaginables), una gran cámara para fijar momentos y personas y un video con el inmortalizar lo más querido o lo más odiado, … al instante y a la vista en una formidable pantalla, ni grande ni pequeña, la justa. Admitámoslo, pues, a pesar de la crisis, a un tiro de piedra del más humilde de los hombres, de la China o la Argentina, y no sólo de las instituciones o los más ricos.

     

     
    ¿Las claves que hacen a estos smarphones las mejores y más ‘democráticas’ máquinas del mundo hasta la fecha?: el que por la necesidad de llevar permanentemente el teléfono en el bolsillo, tienes a lamano todo lo conocido y todo lo pensado por la humanidad, sin que, por ello, un aficionado al ‘mundo’ y la fotografía, como yo, tenga que cargar con el pesado fardo del portátil, la cámara y el video…

     

     
    Quería finalizar haciendo broma del peligro que corre Apple de que el gusto burgués del nuevo rico por el lujo de lo ‘costoso & inútil’ (el iPhone 5, por tan pequeño, sólo sirve como teléfono), que especialmente lo sostiene, lo devore cuando el mercado espabile y ya sea demasiado tarde. Por lo que me pregunto, ¿para cuándo un phablet de Apple? Hasta tanto, prefiero terminar exaltando la virtud conciliadora del Note 3, en cuya espectacular ‘plaza’ cabemos todos: artistas, curas, peloteros, viejos y jóvenes, sabios e imbéciles, y, por qué no, también el nuevo rico ‘ya’ reciclado.

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