El perrito de la fuente

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  • Llegó un día cualquiera al Paseo de Larios de Torre del Mar, siguiendo el rastro fresco y sonoro de una fuente que recuerda el perfil de una estrella, y que adorna con la música azul de sus chorritos el pasear tranquilo de vecinos y visitantes. Carmelo, el popular perrito de bronce, eligió una esquina que le gustó, levantó la pata para dejar su impronta y marcar territorio, y de­­­cidió quedarse para siempre. El perrito mojó la fuente y la fuente mojó al perrito, en una especie de pacto húmedo, de acuerdo tácito que los hermanó para siempre convertidos en paisaje urbano.

     
    La primera vez que lo vi, paseaba como siempre escoltada por los cincuenta kilos de mi pastor belga, una sombra negra, sedosa y fiel que se paró de pronto erizando su pelo largo porque veía algo nuevo, algo raro en su camino. Nos acercamos despacio; yo, curiosa; él, alerta, enseñando los dientes para intimidar al intruso. El perrito no se movía: seguía haciendo pis tranquilamente, sacando la lengua a las miradas curiosas de perros y hu­manos. Sin bajar la guardia, mi perro acercó, gruñendo, su elegante hocico al perrito quieto, que seguía sin inmutarse, hasta que se convenció de que no era un rival, solo la estatua inanimada de un perrillo fal­­de- ro; no podía ser de verdad si se quedaba indiferente ante la imponente sombra negra tan acostumbrada a intimidar con su sola presencia.

     
    Después de aquel primer encuentro, Carmelo formó parte de nuestro paisaje; nos acostumbramos a él como si siempre hubiera estado allí. El pequeño perro se convirtió en el juguete preferido de los niños, que se subían en él, le tiraban del rabo y le tocaban la lengua sin que se enfadara. Carmelo era contemplado por miles de ojos, que fotografiaban su simpático perfil para llevárselo como recuerdo. Mi perro lo miraba indiferente, obviando ese lomo inmóvil que brillaba cada vez más por el roce constante, mostrando la huella del sobo cariñoso de manos infantiles. El perrito era amigo de todos, por eso extrañó tanto que desapareciera de repente. ¿Dónde estará?, nos preguntábamos mirando la esquina vacía de la fuente, que echaba de menos a su amigo de bronce.

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    A fuerza de pasearlo, nos acostumbramos al paisaje urbano. Un día fue el apuesto  león con cara de bueno que apareció junto a la iglesia llenando de asombro a los viandantes. África, que así se llama el pacífico león, se convirtió pronto en el Platero de grandes y pequeños; su hermosa estampa, “que se diría toda de algodón”, forma parte de un entorno que ya no se entendería sin su salvaje y hermosa presencia. Como el perrito de la fuente, África es obra del escultor Francisco Martín, que lo trajo desde su particular selva imaginada al corazón de la plaza de un pueblo real. También la Utopía que adorna una rotonda se ha hecho familiar: una mujer se sube a la escalera del mundo para alcanzar la luna… Un sueño imposible que compartimos, una utopía que todos hemos soñado alguna vez.

     
    África, en su selva particular de la plaza; la Utopía, rompiendo la monotonía viajera de una carretera, y el perrito Carmelo,  que volvió de nuevo a la fuente. Sabemos que él se fue de allí a la urgencia del hospital de las estatuas, a que le cosiesen el rabo que alguien le arrancó no sabemos por qué. Recuperado, con su anatomía completa y su brillo de mil caricias, volvió a mojar la fuente que moja el Paseo y a él, y volvió a ser el centro de los juegos de los niños, que acarician sin miedo el simpático cuerpecillo de bronce donde el autor quiso guardar el alma de su propio perro. La fuente del Paseo no sería igual sin él; tampoco la plaza, sin los rugidos callados de África; ni la rotonda, sin esa luna que alumbra lo imposible.
    El león, el perro, la utopía…, calladas estatuas que me encuentro a diario en mi paisaje. Las miro al pasar, complacida, y las saludo en silencio. Ellas, mudas y absortas, me miran sin verme. Y con sus ojos de bronce me dicen adiós.

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