Que no se rompa el sueño

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  • Ella se llevó el paisaje de su pueblo a la fachada blanca de su casa, añadiendo un sueño más a esa fábrica de sueños que es la casa de un artista. La pintora de la sonrisa amable y el pelo gris guarda en ella, lienzo a lienzo, momentos únicos que su pincel suave convirtió en eternos. Traspasar el umbral de La Casa de la Pintora es acercarse a su alma. Cada instante plasmado, cada rostro, cada flor, nos habla de ella. Pude comprobarlo la primera vez que subí la empinada calle de la Villa para visitarla. Aquella vez, Mari Carmen Fernández Rivera me enseñó sus pinceles, esos que siguen obedientes el impulso de su mano creativa; de su mente soñadora. Cuadro a cuadro me explicó su obra, y me habló de un sueño que estaba gestando en la intimidad de su casa, a la sombra del árbol que verdea los veranos de su patio. Los colores imaginados dormían inquietos, esperando despertar. Soñar es la actividad estética más antigua, decía Borges. Cinco mil seiscientas cuarenta y ocho teselas, todo un mundo de color, bullían  en el corazón de la pintora en un duermevela expectante, deseosas de salir al aire juntas, abrazadas, convertidas en paisaje.

     

    Y el paisaje apareció resplandeciente, para asombro de propios y extraños, llenando de luz y color el pasear curioso de vecinos y amantes del arte. La calle de la Villa fue de repente otra calle. Allí estaba todo: la Fortaleza, emergiendo orgullosa entre verdes; la quietud mudéjar de Santa María; el Cerro, con su ermita y su inseparable arbolito… Un sueño brillando en cada tesela, en cada trocito de color trabajado con paciencia, lijado con mimo; coloreando sensibilidades, jirones del sentir veleño que lleva en el alma la pintora. Nada sucede a menos que primero sea un sueño, decía un poeta. El sueño de ella fue el sueño de todos. Miles de ojos lo han recorrido, tesela a tesela, agradeciendo tan hermosa vista, que alegra el vivir sencillo de los veleños del barrio, tan acostumbrados al colorista mural como a subir y bajar las cuestas.

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    No puedo entender que algo tan bello esté en el punto de mira de protocolos adversos, de normas de obligado cumplimiento y de PEPRIS que no comprendo bien. Por encima de esos párrafos escritos, entre antiestéticos tejados grises y fachadas horrendas que son una auténtica agresión a la vista, el mural de la pintora es una bocanada de aire fresco, un regalo para los sentidos. Salvemos el sueño. Dejemos vivir algo hermoso que no hace más que embellecer la vida. Dejemos el sueño donde está, que siga latiendo en él la vida veleña que duerme en la mullida alfombra de sus colores.

     
    Volveré a sentarme en el escalón de la casa de enfrente, volveré a la Fortaleza, a Santa María, al Cerro, a las calles, a las plazas; pasearé la mirada por todos y cada uno de esos pedacitos “rotos” soñados, que se hicieron realidad sumando colores a un paisaje luminoso que sigo frecuentando, que me sigue cautivando. Que me llena los ojos y el alma de esa paz que solo dejan los sueños que acaban bien.
    Por un final feliz sabemos que trabajan las distintas entidades responsables, que encontrarán, seguro, la manera de que el sueño siga con nosotros, a merced de nuestros ojos, adornando nuestras miradas y todas las miradas, en esa fachada sencilla que dejó de ser blanca para ser un paisaje.

     
    Un sueño que sueñas solo, es sólo un sueño; un sueño que sueñas con alguien, es una realidad,  decía John Lennon. El sueño de Fernández Rivera no estuvo nunca solo. Se convirtió en un anhelo común, y por tanto, en una realidad tangible.
    Y porque yo, como Pessoa, nunca hice otra cosa que soñar, quisiera seguir soñando. Que no se rompa el sueño. Que no se rompa.

  • 1 COMENTARIO

    1. Agradecer a una AMIGA Margarita García -Galán, sus palabras sentidas desde el corazón, como pone en cada uno de sus escritos, que van haciendo la vida un poco más llevadera en los momentos difíciles.

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