Ni falta que hace

  • No se imaginan ustedes la panzá de llorar que me pegué el domingo por la noche, cuando me dieron la noticia. De verdad que estas cosas sería mejor no contarlas, porque uno vive más feliz en la ignorancia. No sé si se han enterado, pero es que… Cristina Tàrrega no quiere venir a Andalucía. Como lo están leyendo.
    El otro día, en la defensa del Acuerdo de la Sociedad Civil de la Comunidad Valenciana, la ¿periodista? hizo un alegato a favor de su tierra que, vayan ustedes a saber por qué, basó en tirar la nuestra por los suelos y restregarla bien. Está casada con un andaluz -el ex futbolista gaditano Quevedo-, y le da tela de orgullo decirle “mi tierra está mejor que la tuya. Valencia está preciosa y Andalucía no”. Así que, paisanos, vayan aceptando que Cristina no va a venir más, a no ser que tenga que hacer algo por compromiso como visitar a la suegra. Aunque no se extrañen de que se la lleve también para allá.

     
    También es cierto que cuando trabajaba en Canal Sur, Andalucía le parecía un lugar maravilloso y lleno de buena gente. Ahí hablaba menos. Pero oigan, no podemos ocultar que tiene razón, la mujer. Es que Valencia está preciosa. Esa costa alicantina con más suelo construido que natural, por Dios. Da gloria verla. ¿Y ese aeropuerto de Castellón, eh? Limpio. Sin estrenar. ¿Y la candidatura para organizar el Campeonato del Mundo de Corruptos al aire libre? ¿De eso no hablamos? Es que se entiende muy bien que no quiera venir. Allí está todo.

     
    No, venga, ahora en serio. Lo que más le agradezco a la señora Tàrrega es que en esa explosión de retórica pseudopatrótica y absurda –ya me dirán ustedes qué argumento es “mi tierra está preciosa”-, haya puesto de manifiesto una carencia de los andaluces. Y es que aquí abajo nos pegamos los años y la vida divididos. Mirando cada uno nuestro ombligo hasta que nos duelen las cervicales. Y seguimos agarrados a lo que separa al malagueño del jiennense en vez de ver el 90% de cultura, costumbres y forma de vida que los une. Pero cuando llega alguien de fuera y nos tira la tierra, hasta aquí hemos llegado. Todos a una hasta que el marido obligue a Cristina a cerrar su Twitter.

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    Luego se nos pasa el mosqueo y otra vez empezamos a hacer cosas raras, como recoger firmas para pedir una autonomía uniprovincial en Málaga –sí, tan absurdo como suena-, o dedicar nuestro tiempo en pincharnos unos a otros. Tal vez por eso Andalucía sea hoy lo que es y está en el poco destacado lugar que está. Porque su gente, que si estuviese junta y unida –y esto es sólo cuestión de voluntad- podría tener más peso político que las pequeñas comunidades del norte, se pierde en disputas provincianas en vez de defender lo suyo con una misma voz en ocho provincias.

     
    Para eso, por otra parte, también hace falta que la provincia hegemónica, que es Sevilla, mire más al resto de Andalucía. Y que las otras siete, en vez de pedir autonomías uniprovinciales que no llevan ni llevarán a ningún sitio, reclamen a la Junta lo que es suyo con argumentos y propuestas reales y factibles. Me da que ni ustedes ni yo lo veremos. Mientras nos queda el consuelo, eso sí, de que Cristina Tàrrega no va a venir más por aquí. Ni falta que hace, la verdad.

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