Entre olivares

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  • He contado alguna vez que cuando aún no conocía a Carlos Ariza, uno de sus árboles y yo entablamos una tarde un diálogo mudo muy elocuente. El encuentro fue un cruce de miradas, de vivencias y recuerdos, de memoria compartida. El árbol, un viejo olivo, me contaba en silencio la vida que llevaba prendida, a golpe de pincel y primaveras, en su tronco rugoso y sabio, y en todas y cada una de las hojillas verdes que conformaban el tupido encaje de sus ramas abiertas. Yo le contaba que cuando era pequeña me gustaba apoyar mi espalda en otro árbol como él, jugar a su alrededor y coger aceitunas mientras una voz familiar me explicaba que de ahí salía ese aceite aromático y sabroso que tanto me gustaba en el pan. El olivo era para mí “ese árbol misterioso que siempre nos acompañó en paisajes del alma”, que dice Paco Montoro. Y de olivos sabe mucho el pintor Carlos Ariza, un hombre sencillo, amable y cercano, aferrado como sus olivos a la tierra veleña.

     
    A través de sus ‘Miradas’ hemos paseado entre olivares por la magnífica exposición que desde el pasado día 12 y hasta el 14 de octubre, se exhibe en la sala Cipriano Maldonado de Torre del Mar. Estrenando paisajes, la sala se llenó de amigos, de familiares, de pintores, y de amantes del arte; pasaban entre olivos mirando acá y allá, dejándose llevar por la naturaleza viva, por el olor del campo en tardes apacibles, por la quietud de instantes convertidos en hermosos paisajes. Las miradas del autor nos invitaban a perdernos en el silencio de campos alfombrados de amapolas, que envidian, desde su efímera belleza de una sola primavera, la fuerza de esos olivos longevos que sobreviven al tiempo. Miradas verdes, miradas anaranjadas y amarillas; miradas a la hierba de veredas amigas en una tierra fértil donde hasta el viento huele a aceituna. Carlos Ariza mira la vida y pinta la vida en forma de olivo. Miradas de luz radiante, de fuerza otoñal, de añoranza del pueblo querido que aparece en su horizonte. Miradas a la bahía en la lejanía, al verde de la veredita cuajada de florecillas  que serpentea entre amarillos buscando el azul de un mar cercano. Lavandas abrazando los árboles centenarios, regalando sus colores malvas a otras florecillas que se cimbrean al son de la brisa. Olivos, olivos. Olivos majestuosos coronados por cielos de suaves azules; olivos grandiosos bajo cielos nublados de grises luminosos.

     
    Entre olivares paseamos sintiendo la calidez de los amigos, respirando la fuerza incansable de la naturaleza, empapándonos de la belleza de un entorno que nos acoge. Entre olivares sentimos el empuje imparable del campo que nos rodea; nos embriaga la paz que transmite y hasta podemos oír los trinos de los pájaros que se adivinan entre sus ramas. Entre olivares nos contagiamos de la armonía renovada de eternas primaveras. Las ‘Miradas’ de Carlos Ariza nos llevan a sentir, como él, el amor a la tierra, el abrazo a las raíces que nos atan, con sedosos lazos de color verde olivar, a todo cuanto amamos. Otra vez, de una forma callada, los olivos y yo cruzamos miradas cómplices. Mi ayer y su ayer se fundían en un atardecer, en un suspiro lento de amaneceres soñados. En un abrazo largo de silenciosa nostalgia.
    A partir de ahora, en la quietud de un “Olivar entre colores”, sentada en la mullida alfombra de perfumadas lavandas, soñaré con otros olivos viejos, lejanos, que siguen incansables echando raíces, aferrándose a la vida. Pintando de verde paisajes queridos.

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    Entre olivares volvemos a casa con el sabor de lo auténtico, con los ojos impregnados de vida, de savia nueva. Conmovidos por la belleza de lo sencillo, de lo natural; acompañados por la sombra poderosa de esos troncos vigorosos que sostienen el peso del tiempo en sus ramas abiertas, donde miles de pinceladas verdes revisten la historia. Una historia contada con pulso firme, con trazos amorosos, por el pincel de Carlos Ariza.

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