Las lágrimas de San Lorenzo

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  • Buscamos un lugar alto y oscuro para que ninguna luz artificial alterase la brillante oscuridad de la noche en el cielo estrellado. Vamos caminando por senderos solitarios en la ladera de un monte para llegar a un lugar alejado de las luces de la ciudad. Vamos buscando esas otras luces celestes que parpadean incansables en el cielo del verano. Las estrellas, luminosos instantes fugaces colgados en el espacio infinito, brillan más que nunca en esta noche de agosto donde miles de ojos miran hacia arriba para ver las Perseidas, lluvia de meteoros, puntos luminosos que caen cruzando el cielo, y que en la Edad Media se relacionaron con las lágrimas de San Lorenzo, patrón de los bibliotecarios, que nació un diez de agosto y murió quemado en una parrilla. Entre el fuego que lo abrasaba, caían sus lágrimas, que se dejan ver cada año en estos días que recuerdan su nacimiento y su martirio.
    Lloraba San Lorenzo. Lloraba de dolor y de pena, pensando, quizá, en lo injusto de su sufrimiento. Sus lágrimas se hicieron eternas y quedaron para siempre colgadas en el manto estrellado de unas misteriosas noches de agosto que nos encanta contemplar.

    Entre el fuego que lo abrasaba, caían sus lágrimas

    En lo más alto del monte, nos abandonamos a la oscuridad silenciosa donde se oía, lejano, el ulular de alguna lechuza. “Los pájaros nocturnos picotean las primeras estrellas, que centellean en mi alma cuando te amo”, decía Neruda. Entre las fragancias limpias de un lugar apenas frecuentado y una impresionante soledad, tumbados en el suelo, él y yo mirábamos hacia arriba buscando lágrimas, furtivas lágrimas. Gotas de luz que salpicaban nuestra espera cómplice, nuestro sosiego, nuestra curiosidad. Lloraba San Lorenzo calladamente; caían sus lágrimas de plata, una y otra vez, iluminando la paz estrellada, la noche compartida, regalándonos un bellísimo espectáculo de luces fugaces que parecían hablarnos. Desde allá arriba todo se ve: lo bello y lo feo, lo alegre y lo triste. Después de tanto tiempo, el santo tiene muchos motivos para seguir llorando: gente sin salud y sin trabajo que sobrevive a duras penas; mujeres maltratadas, niños que sufren; trenes destrozados, vidas rotas; montes que siguen ardiendo; pateras a ninguna parte donde naufragan las ansias desesperadas de una libertad que no llega… El mundo se agita, se asfixia, se revuelve, y poco a poco es menos acogedor, más inhóspito, más hostil. Desde arriba se ve. Todo se ve.

     
    Perdidos en la dormida soledad de un monte aún frondoso, en una noche hermosa veíamos caer la lluvia de estrellas. En la quietud subyugante, mirábamos ensimismados  el misterio del firmamento que nos cubría y nos prestaba por unas horas  su infinita paz. El tiempo se detenía para nosotros en un momento único, donde todo lo demás no importaba nada. Se difuminaba lo triste, lo injusto, lo incomprensible, y solo quedaba lo hermoso. La belleza de un manto de estrellas abrigaba con luces nuestra íntima complicidad, y un mosaico de puntos plateados dibujaba estelas en el cielo. Dicen que al contemplarlas hay que pedir un deseo. En un instante preciso, miles de ojos mirando lo mismo; miles de corazones pensando en algo que desearían tener: una casa, un trabajo, un amor… Nosotros, él y yo, tendidos en un suelo de hierba entre aromas de lavandas y mentas, acompañados del latido nocturno, vivíamos un instante mágico que nos hacía sentir que el mundo era nuestro. Sin decírnoslo, mirando la luz que caía hasta perderse pedimos el mismo deseo: Que no se rompa la noche. Que no se rompa.

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    Mientras, en la cima del mundo las Perseidas seguían danzando. San Lorenzo lloraba unas lágrimas negras que pintaban el cielo con jirones plateados. Unos ojos despiertos seguían, absortos, la fantasía celeste. Unos ojos complacidos, asombrados, emocionados, entregados al embrujo de un instante. Unos ojos que no querrían cerrarse nunca.

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