Sensaciones

  • Hoy no hay ganas de echar bilis contra la Casta. Tampoco de recordar lo que nos roban a diario esta sarta de desgraciados. Porque, en primer lugar, a ellos les da igual que nosotros nos cabreemos. Lo importante es que luego no pasa nada y pueden salir a la calle con tranquilidad. Y segundo, pero no menos serio, van a seguir robando. Como poder, podríamos seguir y no semanalmente, sino a diario.
    Pero esta vez no. Me niego, así que prefiero hablar de otras cosas, que las hay. De superación. De esfuerzo, de sacrificio. De compañerismo, caballerosidad y señorío –también aplicable a mujeres, faltaría más- y del deporte que, en mi humilde y modesta opinión resume mejor todos esos valores.
    ¿Fútbol? No, por favor. Es decir, el fútbol es atractivo, llena estadios, mueve masas. Pero el ciclismo es otra cosa. No me voy a meter a nivel profesional, donde ya hemos visto bastante milagro medicinal en la última década. Aunque quiero pensar que ya no pasa tanto. Hablo del verdadero ciclismo. El que está ahí, en la carretera. El de los amigos que se reúnen un domingo a las ocho de la mañana para meterse 100 kilómetros entre pecho y espalda, sin más ambición que la de pasar un rato estupendo.

     

    Ese es el deporte que encarna todos los valores del ser humano.

    Ese es el deporte que encarna todos los valores del ser humano. La persona contra los elementos, con la única ayuda de sus piernas y con los límites que pone su cuerpo. Conocerse, regular las fuerzas propias, y tener como gran objetivo simplemente el punto de destino que te habías marcado antes de salir. Superarlo al día siguiente. Y al otro. Después, tratar de ir un poquito más rápido. Ser mejor físicamente. Es el principal sentido del deporte: la superación a través del esfuerzo. Lo otro es sólo negocio.

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    Hablo, también, de la familia que se forma cuando pasa una vuelta ciclista por un puerto. El ambiente, ese halo de amistad que se crea, por arte de magia, entre aquellos que no se conocen de nada pero, con verse allí, juntos, saben que comparten algo. Y lo más importante, un deporte donde la afición sólo hace una cosa: animar. Da igual si es tu corredor favorito u otro al que ni conoces. Siempre hay un “venga, figura, que ya estás ahí arriba”. O el gesto de acercarle un botellín de agua al abnegado corredor que está próximo a echar los pulmones.

     
    Seguro que el fútbol llega a mucha más gente. Claro que sí. Pero, por experiencia propia, creo que antes de morirse hay cosas que todo el mundo debería hacer al menos una vez en la vida. Y, entre ellas, está sentir ese orgullo personal y propio tras superar un puerto de montaña sin otra ayuda que uno mismo ni más compañera que la bicicleta. Pruébenlo, y luego me cuentan.

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