Don Laureano Casquero (Madrid 1904 – Vélez-Málaga 1972)

  • Laureano Casquero.
    Laureano Casquero.

    Doctor en Medicina con múltiples especialidades. Pero aquel Vé­lez profundo de los 50-60, al parecer todas las redujo a la Traumatología, cuando le plan-tó a Don Laureano Casquero González el sobrenombre de ‘el médico de los huesos’, con el que se quedó pa los restos en el imaginario de la ciudad. El caso es que nuestro personaje pronto gozó de una justa respetabilidad entre las capas más populares, por lo que no nos sorprende recordarlo durante tantos años como ‘médico de la Beneficencia’ o, en el estadio Vivar Téllez, como médico y también presidente del Vélez C. de F. Y de la antigua plaza de toros, en la que todavía algunos recuerdan a Don Laureano curándole un brazo al mismísimo Manuel Benítez, El Cordobés.

     
    A pesar de su sencilla apariencia, cordial y amable en el trato, acreditaba una carismática personalidad de perfil humanista. Tal vez por sus inti­mistas aficiones, el mar y la pes­ca, la lectura y la escritura, el pueblo lo percibía como hom­­bre de ‘su casa’, a pesar de que en un tiempo frecuentara –a­­­mén de aquellas espléndidas terrazas carmelitanas del bar Toto, el Luchy o el Plata– la fábrica de aceite de ‘El Francés’ para jugar al tenis con sus amigos (forasteros de ‘mundo’ que le ayudaron a remozar aquel oscuro Vé­­­- lez), los directivos de la Eléctrica del Litoral de entonces, Don Emilio Judas y Don Bru­no, junto con el propio dueño de la aceitera, el alemán Prieh­­shel.

     

  • Amistosos encuentros, a los que también asistía, de mi­rón, el farmacéutico Fernando Bustamante Durán, primer alcalde veleño que fue de la República con el partido de Le­rroux. Ingenioso al par, llegó a patentar una ‘bomba de émbolo para la aspiración de líquidos’; avanzado mecanismo que después aplicaría a la transfusión de sangre.

     
    Madrileño de nacencia y primera juventud, Laureano tenía en Granada a su cuñado Salvador Algarra, que le aconsejó la Universidad granadina para su proyecto de estudiar Medicina. Caso le hizo nuestro buen mo­zo, y allí estudió la carrera (modestia aparte, con una veintena de matrículas de honor), alcanzó el doctorado y obtuvo sus numerosas especialidades. En medio de este tiempo primoriverista y de llegada de la República, su padre, que era coronel jubilado, había elegido Torre del Mar para retirarse en paz, en la célebre Casa de La Viña. Ca­sa paterna, adonde nuestro ya doctorado personaje se trasladaría y alojaría, mientras se planteaba dónde ejercer la me­dici- na. ¿Dónde mejor que en el propio Vélez-Málaga? Y aquí, en la céntrica calle de La Carrera, se instaló y en 1935 se casaba en nuestra parroquia de San Juan con la madrileña de Aranjuez, y de Milán, Laura Gherardi. Fallecida en 1953 la mujer de su vida, el ilustre viudo se traslada a su casa de Torre del Mar con sus hijos Ana y Fernando (los otros tres estaban fuera), donde moriría en 1972.

     

    El gran legado  es uno de los más hermosos poemas de la literatura española a los ojos femeninos

     
    Hasta aquí llegados, lamentamos no disponer de memoria o escritos que nos pudieran acercar, de la mano y el juicio de nuestro personaje, a los truculentos acontecimientos que en Vélez se sucedieron desde el triunfo del Frente Popular en febrero de 1936, que, ecuánime y escéptico él, viviría con cauto estoicismo: aquellos nocturnos y siniestros ‘paseíllos’ o, sobremanera, la detención, tortura y fusilamiento de su colega el ‘Me­­dico Chico’. Sí sabemos, por contra, que, ya con algún hijo, a la entrada en Vélez de las tropas de Franco en febrero de 1937, era enviado al frente de Peñarroya. Terminada la Guerra Civil, una junta gestora de los vencedores nombra como alcalde a Emizolalio Casquero Martín con el encargo de organizar la administración del maltrecho Ayuntamiento: ¿Provisio­nal?, ¿en fun­- ciones?, el caso es que a este primo hermano de Don Laureano, coronel caballero mutilado de la guerra de Ma­­rruecos, fue, antes que Don Ramiro Marcos, el olvidado primer alcalde que tuvo el Vélez de posguerra.

     
    Muchos, sin duda, fueron los ser­vicios profesionales que nuestro personaje brindó a los vecinos de este municipio, que nuestras instituciones supieron pagarle con  sendas calles, en Vé­­lez-Málaga y Torre del Mar. Pero el gran legado de Don Lau­­reano, afirmo, es uno de los más hermosos poemas de la literatura española a los ojos femeninos, en su caso a los de Laura Gherardi. Valgan estos versos que principian el único poema que ha quedado, confiesa su hijo Fernando, de sus dos perdidos cuadernos: “Nun­ca me dicen tus labios / lo que me dicen tus ojos / que confiesan tus antojos / o descubren tus agravios / que me glosan tu do­­lor, / o me infunden tu alegría / que me lloran tu agonía / o me inundan de tu amor, / que me alumbran o me ciegan, / me cu­­ran o me maltratan / me acarician o me matan / me conceden o me niegan; / pero que, siendo locuaces / me saben contar sinceros / tus exhortos más austeros / y tus sueños más audaces”.
    Lástima que tamaña serena sensibilidad culta, no haya tenido sucesión.
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