¡Qué debate!

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  • Dentro de unos días habrá un debate en el Ayuntamiento, tal y como exige la diversa oposición y concede el alcalde. Y con toda probabilidad será televisado. Grabado y repetido a voluntad de las cableados canales del municipio.
    ¡Cómo nos gustaría -a quienes nos declaramos demócratas apartidarios independientes- que en lugar de descalificaciones escucháramos críticas sensatas, y que el resultado fuera un clima de consenso con una docena de propuestas trascendentales!
    ¿Es posible un consenso en torno a un programa común? No.

     
    ¿Por qué? Por la inercia, por el miedo, por la soberbia, por los celos. Hay una inercia sectaria donde los nuestros siempre llevan la razón y son los mejores, hay un miedo a los pecados del pasado que acaba en el «y tu más», la disputa del electorado se convierte en un cerrado celoso cuidado de mantener la clientela, los adictos incondicionales sin confusión de sigla, y nuestros soberbios concejales se miran el ombligo y viven en un mundo burocrático donde se creen protagonistas teatrales de la función única tópica.
    ¿Podrían consensuarse doce medidas para el  bienestar ciudadano?

     
    Sí: la rebaja de impuestos indirectos y exigencia a los poderes centrales de una mejor financiación, la planificación de gastos orientada a la eliminación del déficit, un programa de inversiones que diera trabajo a la juventud, una oferta cultural negociada con los artistas y productores, una campaña de conquista de la participación y colaboración ciudadana, en cuestiones de limpieza y seguridad, una distribución de responsabilidades entre las 25 concejalías, la sustitución de los cargos de confianza por personal funcionario cualificado, una prioridad presupuestaria satisfactoria para los acreedores, una negociación del coeficiente del IBI  hasta su revisión, un empeño decidido en mejorar la imagen de la ciudad, un esfuerzo unitario por mejorar el funcionamiento de los servicios y la comunicación con el público y  una sincera autocrítica que intente recuperar la confianza del electorado en su clase política.
    Pero esto es una utopía. La lectura de estas líneas -a los pocos que leen- les producirá vértigo a esos paternalistas padres de su patria chica, porque nosotros, los chicos, no comprendemos las dificultades que tienen los mayores, los grandes, los amos del pueblo y sus dineros, porque ellos sufren durante cuatro años nuestra incomprensión y lejanía, porque para ser concejal hay que valer, hay que hacerse valer, llevando la contraria al contrario, por definición. Triste. Muy triste, la miopía congénita del enano poder localista (partidario, sectario)

  • Alfonso Gil Mantecas

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