Tontos con cultura

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  • Cuando uno tiene el valor para ponerse a escribir respondiendo con su nombre de lo escrito, tiene que hacer dos cosas: la primera, estar muy seguro de lo que dice. Segunda, ya que lo dice, llevarlo hasta las últimas consecuencias. O, si después se da cuenta de que se ha colado, rectificar. Pero quedarse a medias tintas, además de estar feo, denota una cobardía indigna.

     
    Digo todo esto porque ha ocurrido un caso en las redes sociales y el mundo 2.0 que ha tenido que ver con gente de Málaga. En concreto, con tres compañeros de éste que les escribe y que hace unos días recibieron el insulto más vil y alevoso por parte de un tipo que dice ser defensor del equipo y de la ciudad. En su blog les dedicó un artículo en el que se despachaba a gusto. Eso sí, muy bien escrito. Con su estilo impoluto, sus improperios cultos y demás. Está muy extendido eso de matar a los mensajeros. Las realidades del club en los últimos tiempos no han sido las mejores, y la culpa es claramente del periodista por contarlo. Si yo cuento que está lloviendo, la culpa de la lluvia es mía. Ya. Claro.

     
    Y eso de colocar al periodista en la diana y ponerlo como origen de todos los males, normalmente y en el caso del Málaga, suele encontrar el aplauso fácil. El se lo merecen y el algo habrán hecho. Sin embargo, esta vez ha sido distinto. El autor se ha encontrado con el apoyo de unos poquitos y con la reacción de mucha gente que sí conoce el trabajo de estos tres profesionales. Que sabe de su trabajo diario y de lo poco que les gusta contar realidades amargas. Le han llovido palos en su cuenta de Twitter, algunos le han he­cho ver no sólo su equivocación, sino también que no es tan buen de­fensor de Málaga ni del equipo como quiere ha­cer creer, y al final ha terminado cerrando su cuenta. “Cierro porque estoy cansado de luchar para recibir insultos y ningún apoyo”, ha dicho. Todo eso después de escribir al Twitter oficial de la Policía preguntando dónde se podían denunciar amenazas hacia su persona.

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    Es el precio a pagar por la falsa valentía. El pasar en 48 horas de Robin Hood a ser un cobarde. La crítica hacia el trabajo de otros es necesaria. Pero hay muchas formas, y el insulto y el bravuconeo se terminan pagando. Todavía tiene tiempo de rectificar, que es de sabios. Hacerse el gallito por internet y dar un portazo lloriqueando después, balbuceando una mentira, es más de tontos con cultura.
    Que los hay.

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