¿Se equivocó la paloma?

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  • La anciana pasa por mi barrio cada día, a la misma hora, con una bolsa en la mano. Intentando disimular, mira a un lado y a otro, y cuando ve que no hay gente saca de su bolsa de plástico un buen puñado de migas de pan que coloca siempre en la misma esquina. Inmediatamente, un revuelo de palomas la rodea picoteando el pan con avidez. Desde sus atalayas en las cornisas y en los tejados, esperan su llegada, saben que sin ella encontrar comida en el asfalto sería casi imposible. La vida en la calle es dura: el ruido, los humos, los coches que pasan sin  detenerse… La anciana se aleja, y, afortunadamente, no ve a la paloma que cruza la calle, confiada, buscando el pan que cayó más lejos. Se equivocó la paloma, “se durmió en la orilla, no en la cumbre de una rama”, y el coche pasó sin detenerse. Se quedaron sus alas sin vuelo en el cemento frío, dibujando el triste final de una historia de pá­jaros. Se equivocó la paloma, se equivocaba como aquella del verso de Alberti.

     
    Pero sé de otra historia de palomas mucho menos triste: el pasado cinco de junio, quizá para celebrar el Día del Medio Ambiente, como emisaria de paz en un mundo cada vez más inhóspito y hostil, una paloma eligió, de entre otros muchos lugares, un hermoso balcón para anidar. Tal vez le inspiró confianza el humano que leía tras los cristales unos versos de Hölderlin: “Cuando yo era niño un dios solía salvarme del griterío y la cólera de los hombres…” Tal vez le gustó su sosiego, a pesar del desasosiego que dormía en las páginas de otro libro que había sobre la mesa. Quizá le transmitían confianza unos ojos claros, amables, que salían cada día al balcón para regar las flores… El caso es que la paloma no se lo pensó dos ve­ces, y entre geranios, cactus, helechos y jazmines, en la íntima penumbra de una frondosa maceta, puso dos huevos. El humano lector encontró la tierna estampa esa mañana de junio cuando pensaba en el medio ambiente, en el cambio climático que trae el viento frío de puro invierno en pleno verano, y se acordó inevitablemente de Al Gore, y a su pesar, se enterneció con la escena. Recordó un tiempo feliz cuando “jugaba tranquilo y bueno con las flores del bosquecillo, y las brisas del cielo jugaban conmigo”. Amante y defensor a ultranza de la naturaleza, paseante entusiasta de quebradas, barranqueras y ventisqueros, el dueño del balcón, como no podía ser de otra manera, llegó a un acuerdo con la paloma, un acuerdo de palabra que no figura en el Protocolo de Kioto, pero está firmado en el aire con la tinta indeleble del corazón: la pacífica paloma se irá a darse una vueltecita por ahí mientras riegan las plantas, y ellos le echarán un vistazo a sus retoños. Hermoso acuerdo tácito entre humanos y pájaros. Desde entonces, la paloma va y viene tranquila, sabe que sus polluelos crecerán en paz en el balcón de alguien que se duele cuando se queman los bosques, cuando se pudren los ríos, cuando se exterminan los animales y los mares se convierten en vertederos. No se equivocó la paloma. Por ir al norte fue al sur, pero no se equivocaba, no se equivocaba. En estos tiempos de vientos fríos, cuando “las lágrimas se han convertido en ríos”, que alguien se preocupe por un pájaro es, sencillamente, gratificante. La nueva vecina del lector voraz, na­­­­­­vegante incansable de mares urbanos, será una okupa de altos vuelos que no verá recortado su ajetreo diario, ni tendrá que abandonar el balcón por un bochornoso desahucio.
    No se equivocó la paloma. Ella no acabará pisoteada y olvidada en el asfalto, porque eligió para anidar un balcón seguro, lleno de flores y paz.

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