El penúltimo aviso

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  • Por suerte o por desgracia, hoy me llegan un poco más esas inundaciones, normalmente tan lejanas, que están costando vidas en Alemania. Miles de personas sin casa, ríos que han crecido hasta 12 metros -con lo que es aquello y la costumbre que tienen los germanos a la lluvia-, y hasta en la zo­na norte se esperan crecidas im­­portantes sólo con lo que ha llo­vido en el este. Especialmente dramático ver barrios enteros de Dresde con los tejados y las veletas de las casas asomando tímidamente sobre el nivel del agua, que debería ser seis metros más bajo.

    El Pocero era el ídolo nacional y los estudiantes de medicina eran unos capullos


    Y me llegan más porque probablemente no sean casuales. Nos lo llevan advirtiendo muchísimo tiempo, pero en este país -y en toda Europa- hace cinco años que no lanzamos la mirada más allá de crisis, rescates, primas de riesgo, recesión, inflación, paro y bancos que se salvan de la quema. Que es normal, con la que está cayendo, que sea el tema central de nuestras vidas hasta el punto de que ya nadie se acuerda de qué hablaba en 2007, cuando todos éramos ricos, El Pocero era el ídolo nacional y los estudiantes de medicina eran unos capullos.
    Sin embargo, el problema sigue ahí. Silenciado, pero ahí. Y no es otro que ese cambio climático que llevamos tiempo provocando. En una investigación en la que este que firma se encuentra trabajando, he podido ver cómo desde que en 1992 se diera la voz de alerta en Río de Janeiro (Brasil), no se ha hecho prácticamente nada. Bueno, sí. Hablar. Palabras y malas artes que alimentaron un debate inexistente. Ya hace una década los científicos nos dijeron que el clima iba a cambiar y no nos iba a hacer mucha gracia. Inundaciones, desestabilización de las estaciones, temperaturas cada vez más extremas, desertización, incendios por sequía… y así hasta completar con la crecida de los mares y desaparición de las costas actuales. Todo muy apocalíptico, muy de cine. Pero, por desgracia, cierto.

     
    Desde muchos sitios nos van a decir que no, que esto ha sido una tormenta pasajera con muy mala lechecilla, pero no es cierto. Como hizo el presidente Bush en EEUU, que se pasó ocho años negando la evidencia aconsejado por la industria petrolera. Porque todo el mundo sabe que los magnates del oro negro son más imparciales que los científicos, ¿a que sí? El cambio climático ya está aquí y la crisis sólo ha hecho aumentarlo. En vez de gastar el dinero existente en tecnología e investigación para obtener energía de una forma limpia y eficiente hemos decidido recortar en eso. Porque, oigan, los sobresueldos y los EREs no se estafan solos. Y para todo no hay. Mientras tanto, aunque no nos demos cuenta, el corazón del planeta sigue latiendo y las constantes vitales cada vez están más alteradas. Llegará un día, cada vez menos lejano, en el que no sea suficiente con sonreír y decir “este tiempo se ha vuelto loco”. Y ya será tarde.

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