Los árboles de Evaristo

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  • García-Galán con Evaristo Guerra.
    García-Galán con Evaristo Guerra.

    Recorro un hermoso paseo entre árboles para ver más árboles. Otros árboles. Al atardecer de un mayo florido que huele a verano, la primavera me espera, exultante de color, floreciendo en las ramas de unos árboles grandiosos que llenan de naturaleza viva las paredes grises de un espacio culto. La Universidad de Málaga abría sus puertas para recibir, encantada, la exposición Árboles, de Evaristo Guerra. Las salas del Rectorado se convertían en una espléndida arboleda luminosa y colorista que rinde homenaje a los árboles de la Axarquía. Ocho grandes óleos sobre lino que se asoman, esplendorosos, a cielos distintos, verdeando atardeceres, compartiendo sus raíces la misma tierra fértil, la misma historia. La misma cultura.

     

    Color, color, color…, el color nos invade y nos asombra en cada cuadro; el pincel de Evaristo se recrea en ellos perfilando con toques de savia nueva su particular manera de ver un paisaje que ama: la higuera, cuajada de higos, verdea entre violetas distintos; los frutos rosados del mango adornan la paz de un paisaje azul; el algarrobo crece entre anaranjados atardeceres; el almendro deslumbra con sus inconfundibles flores de blanco inmaculado clareando azules de anochecer; el olivo luce orgulloso su verde aceituna sobre rosados horizontes; el membrillo aguanta erguido el peso amarillo de sus frutos sostenido entre azules; el aguacate nos enseña entre ocres su tesoro verde; el granado destaca salpicando con el rojo dulce de sus granadas el verde de un paisaje. Y bajo los árboles, en el suelo axárquico, la sombra ancha de todos ellos cobijando el alma del pintor veleño.
    Evaristo Guerra nos muestra sus árboles nuevos enraizados en viejos paisajes de una tierra que conoce bien; ocho árboles de estreno entre otros personalísimos lienzos que nos fascinan y nos llenan los ojos de inverosímiles colores. De la mano de su pincel nos subimos a su azotea para soñar y desde allí casi tocamos las nubes bajas; navegamos en su mar azul desde otro mar de almendros en la bahía o compartimos el sueño de María Zambrano acariciando gatos bajo un limonero… Color, color, color. El color me inunda y me envuelve en ese espectacular Homenaje a la luz de Andalucía, que me deslumbra y me hace sentir pequeña. Un auténtico derroche de color, una sinfonía de luces que dirige, con el mimo de siempre.

  • «Más de tres mil personas visitaron la exposición»

     

    Para tener un bosque hay que plantar un árbol, decía la rectora Adelaida de la Calle inaugurando la preciosa exposición. Evaristo ha plantado ocho espléndidos árboles en el Rectorado configurando un bosque animado de luz y color que oxigena el aire con la brisa fresca de sus ramas abiertas. Por él paseamos con el artista y su familia, con amigos, poetas, escritores, pintores y seguidores entusiastas de su arte.
    Desde la arboleda recién estrenada volvimos a casa pasando, de nuevo, entre los árboles viejos del Parque de Málaga. Con el regusto que deja lo bello, saboreando momentos entre almendros, amapolas  y olivares; abandonándonos a la fantasía de esos “trocitos” con alma que duermen en anaranjados atardeceres.

    Más de tres mil personas visitaron el sábado la exposición. La noche en blanco de Málaga se cambió de vestido y se vistió de color. Por él, los paisajes de Málaga duermen envueltos en luz violeta. Por él, los almendros van a misa en una ermita transparente. Por él, los árboles de la Axarquía crecen frondosos en la Universidad.

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