Copa de fútbol

  • Hoy viernes, 17 de mayo, se juega la final de la Copa del Rey. Es difícil que algún futbolero no lo sepa, dado que, en casi todas las familias, hay algún amante de este controvertido y omnipresente deporte. La Liga está decidida en España, la Champions está perdida para los equipos españoles y lo único que queda para echarse a la boca es la Copa. Un trofeo, considerado en otros tiempos como ‘menor’ y que, cada vez, cobra más importancia mediática. Porque, hoy viernes, aparte de los cerca de cien mil espectadores que acudirán al Santiago Bernabeu, un buen manojo de millones de españoles y españolas seguirá el partido por televisión. Incluso -no tengo los datos-, seguro que un considerable número de cadenas de televisión de distintos países del planeta conectarán para ver el evento. Y es que el fútbol es un fenómeno impresionante. Especialmente en esta España de nuestros amores, que, abrumada por los problemas que le acucian, hace un paréntesis en las desilusiones y preocupaciones por el paro, la recesión, la prima de riesgo…, y se entrega, semanalmente, por un par de horas, con alma y vida, a las delicias que le ofrece el deporte rey, en el que hemos logrado ser  campeones de Europa y del mundo. Todo un espectáculo, del que, por esta temporada, queda poco, y, quizás, sea esta noche la última ocasión de apurar una gustosa copa.

     

    Los españolitos nos hemos acostumbrados a los espectáculos; y es que, películas, series de televisión, programas de variedades, humor y cotilleo, tenis, fórmula 1, fútbol… Consumimos mucho espectáculo, especialmente vía televisor. Y el fútbol es de los que ocupan un lugar preferente. Mi reflexión hoy va en torno a que hay algo de espectáculo por nuestras venas. Que los espectáculos influyen en cómo somos, cómo nos comportamos, qué valores defendemos. Y, al igual que aceptamos todos que el alcohol, en dosis no controladas, resulta muy dañino, los espectáculos, cualquiera de ellos, pueden dañar. Porque nuestros jóvenes crecen en un ambiente en el que el cine, el fútbol, las telenovelas, los concursos, forman parte del aire que respiramos. Y ahí va mezclada violencia, sexo, extorsión, abusos, tiranías…, en un tótum revolútum que los humanos, con poco criterio formado, reciben como si se tratase de algo ‘normal’. Y puede que hasta lo sea; pero, desde luego, no resulta lo más deseable. Porque nuestros jóvenes no siempre tienen al lado a un padre o un educador que, ante un hecho no edificante, le informe de lo que está bien y de lo que está mal. Es usual ver hoy, en una película, o en una serie, a malos que triunfan y a buenos que son maltratados, a mentirosos que lo­gran sus objetivos y a veraces que sufren consecuencias nefastas, a estafadores que progresan y a ciudadanos hon­­­­­rados que no logran sobrevivir… Y mu­­chas veces, casi nunca, nadie advierte al espectador de lo que está bien y de lo que está mal, lo que es imitable y lo que no, lo que nos ayudaría a conseguir un mundo mejor y lo que lo está pudriendo y achatando.

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    Hoy, cuando vea la final de la Copa del Rey entre el Atlético y el Real, me tomaré una copa. Y estaré seguro de que no se trata de un enfrentamiento entre buenos y malos, entre perversos y honrados, entre virtuosos y degradados. Y estaré seguro de que los millones y millones de personas que sigan el espectáculo sabrán, observarán y entenderán que hay alguien, el árbitro, que les indicará lo que está bien hecho y lo que no. Alguien que les detendrá el juego con sanciones por actuaciones inapropiadas, que les reprenderá enseñándoles tarjetas amarillas por conductas no tolerables, y que, incluso, si llega el caso, con una tarjeta roja expulsará del juego al que manifieste comportamientos que no se deben permitir.
    Me tomaré una copa esta noche viendo el partido, y festejando que el fútbol, que no es cosa de santos, resulta, a pesar de todo, más ‘educativo’ que otros espectáculos. Que gane el mejor. ¡Menuda Historia!

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