Bajo el hermano sol

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  • Una leve brisa movía las hojas de los ficus del patio. Alrededor de la fuente, entre hermosos arcos de estética mudéjar, los pequeños árboles del convento de San Francisco serían testigos mudos de uno de los actos cofrades que preceden a la Semana Santa veleña. Al aire libre de una espléndida mañana de domingo, se presentaba el cartel que anuncia la salida procesional de Jesús Nazareno “El Pobre” y María Santísima de la Esperanza.

    Pintado por Ernesto Bonilla, siguiendo el protocolo el cartel aparecía cubierto por un paño, esperando el momento de mostrarse a los ojos de todos. La profesora María del Carmen Ruiz Pérez, conocida cofrade y amiga del pintor, sería la encargada de presentarlo. Ante los hermosos estandartes de la cofradía, que pintara Francisco Hernández, y a los acordes de música de Semana Santa, la presentadora empezaba su intervención citando a San Francisco: “Acompañados del hermano sol…” Con buena dicción, hablando despacio fue desgranando la vida del autor, poniendo el acento en alguno de los momentos especiales que lo llevaron a empatizar con esa Virgen de los ojos claros que fue su esperanza, y guió sus pasos cuando se oscureció su horizonte por una de esas circunstancias adversas que nos hacen dudar, sentir miedo y rezar.
    Bajo el hermano sol que decía Mari Carmen, y en un entorno que recuerda al santo que amaba a los animales y defendía el equilibrio natural de la madre Tierra, oyendo hablar de imágenes y emociones recordé mi viaje a Asís, donde está enterrado aquel que un día escribiera el “Cántico al Hermano Sol”, un canto a la naturaleza, un auténtico canto a la vida. “Loado seas, mi Señor, con todas tus criaturas / especialmente el señor hermano sol / el cual es día y por el cual nos alumbras”. Recordaré siempre lo que me impactó la extrema sencillez y el silencio impresionante que rodeaba su tumba, en una cripta bajo el altar mayor de la Basílica. “En lugares como este, se recupera la fe que se pierde entre lujos y boatos”, nos decía el guía.

    En el patio del convento veleño que lleva el nombre del santo, Ernesto Bonilla se emocionaba descubriendo su cartel, un particular homenaje a la cofradía a la que está muy unido, y por la que siente algo especial. Los rostros del Nazareno y de la Virgen de la Esperanza resaltan en él, elevándose en el cielo azul que corona el perfil de un Vélez blanco de cal que aparece difuso, como dormido y en paz, bajo los ojos de las dos imágenes. Especialmente hermosa, la expresión de la Virgen, con esos ojos claros que miran hacia abajo en actitud sollozante y dolorida. Entre el blanco de los encajes que envuelven su rostro, y las joyas que adornan su pecho, destacan sus bellos ojos transparentes brillando como dos esmeraldas más. El pintor ha plasmado fielmente el gesto de la imagen esculpida por Sánchez Mesa, resaltando esa mirada serena que un día sintió tan cerca y tan lejos, esa mirada que le transmitió aliento y le quitó el miedo, y llenó de luz sus ojos y su desesperanza. Para seguir mirando al futuro. Para seguir soñando lienzos y haciendo arte con sus pinceles.

  • Precioso cartel de Ernesto Bonilla, del que conocíamos sus flores, sus desnudos, sus grabados a plumilla y sus retratos. Preciosa la cara de esa Esperanza, con sus cuatro lágrimas de vidrio, que acompaña entre sollozos y romeros al Nazareno de melena larga y natural que mueve su brazo articulado para bendecir a los que siguen sus pasos la noche del Jueves Santo.

    En un ambiente amable, la presentación del cartel fue un acto sencillo que, como casi todo en este tiempo de cuaresma, huele a Semana Santa. Un sencillo acto en un lugar emblemático, con sol, con arcos mudéjares, con árboles y fuente; con música, con estandartes, con un cartel pintado con sentimiento que anuncia una procesión en un pueblo que vive su semana grande con entusiasmo.
    La Semana Santa veleña me gustó desde siempre. Recuerdo muchas veces aquella primera vez que vi pasar una Virgen bajo palio envuelta en flores e inciensos, detrás de un Nazareno que se mecía al son de preciosas marchas en un templado anochecer impregnado de aromas de primavera. Una estética cuidada y distinta, tan nueva para mí, tan sorprendente, que se convertiría pronto en un referente en mi vida diaria, en mi paisaje.

    En el patio de San Francisco, los cofrades charlaban y se felicitaban alrededor de un hermoso cartel. Después volvería el silencio a ese espacio de paz que tanta historia guarda entre su estética mudéjar. El viento seguía moviendo las hojas de los árboles. El hermano sol seguía luciendo.

     

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