Viaje por las escuelas de Andalucía

  • Hace pocos años salió a la luz una reedición de un libro del profesor Luis Bello titulado “Viaje por las escuelas de Andalucía”. Se trata de una colección de artículos, publicados por su autor en el periódico madrileño “El Sol”, allá por los años veinte, y que, en primera instancia, se editaron juntos, en varios tomos, en 1927, bajo el título de “Viaje por las escuelas de España” a cargo de la Editorial Magisterio Español. Para esta ocasión se seleccionaron las referencias a las escuelas andaluzas, recopilando los artículos que nos narraban el paso del autor por las poblaciones del sur, y, bajo el título que decíamos al principio, siendo editadas por la Consejería de Educación y Ciencia, en el número 4 de la colección “Educación XXI”.

    Con referencia a la Axarquía, el libro recoge las memorias del paso del autor por Vélez Málaga, acompañado del inspector de la zona don Alfonso Barea, y el jefe de la inspección malagueña señor Vergé, obteniendo una información curiosísima al observar cosas de las escuelas veleñas que difícilmente fueron “vistas” por los contemporáneos del lugar. Nos habla del alcalde, de los maestros, de los alumnos, de los edificios dedicados a escuelas, de las costumbres… Por lo que se refiere al alcalde de Vélez Málaga, don Rafael Peña Ramos, cuenta que “su filosofía era formidable”. Para ilustrar a los lectores sobre cómo era el mandatario municipal pone el ejemplo, que le cuentan, de que, cuando llegaba un médico nuevo a Vélez, “como todos, a estorbar y a llevarse los cuartos”, “el alcalde le conducía a su despacho y dando una gran palmada en la mesa le preguntaba: – ¡Vamos a ver!… ¿Qué hay en este cajón? – “Yo que sé”, contestaba el médico, un poco preocupado. – No sabe usted lo que tengo en el cajón, ¿y quiere usted saber lo que tengo dentro del cuerpo?… Con lo cual ya estaba el mediquito desautorizado y perdido…”

    Y al hablar de los maestros nos ofrece noticias increíbles a los ojos de hoy. A Vélez Málaga, cuando llegaba un maestro nuevo y venía a tomar posesión, en el mismo Ayuntamiento ya se le decía: “…Pero, hombre, ¿a qué viene usted aquí?… Si aquí no se paga a nadie. Y todos despejaban el campo…”

  • Vélez Málaga, cuando tenía a su cargo las obligaciones por Primera Enseñanza, llegó a deber “doscientas treinta y dos mil seiscientas trece pesetas”, de aquellos tiempos, a los maestros. Uno de ellos, “…don Rafael Sánchez, murió de hambre en una estera porque le debían veinte años, y no quiso implorar la caridad pública. Cumplió con su deber hasta el último día. Reclamó. Escribió toda clase de memoriales…”

    Otro de los maestros veleños, don Marcos Ortega, tuvo que buscar sorprendentes formas de sobrevivir: “…Regentaba una escuelita con vistas al campo y burlaba su miseria ayudándose con la caza. A media clase, el maestro suspendía los trabajos o los dejaba a cargo de un chico adelantado, y salía con su escopeta a cazar un conejo. Los niños aguardaban hasta que oían el tiro, seguros de que no fallaba, porque don Marcos no gastaba pólvora en balde…” Incluso, agrega don Luis Bello, “… el disgusto mayor se lo llevó don Marcos Ortega el día en que fueron a embargarle las bancas de la escuela por negarse a pagar derechos de consumo por unas codornices…”

    Sobre los edificios cuenta don Luis Bello verdaderas lindezas, que pueden sintetizarse con las noticias que le dan cuando pregunta por la ubicación de las escuelas: “…Por los cristales rotos conocerá usted las escuelas…” Las instaladas en el antiguo Ayuntamiento [antiguas casas consistoriales, en la Plaza de la Constitución] son detestables. Del lugar salió la corporación a principios de siglo, hacia el palacio de Beniel, porque estaba insegura. La desalojó, también, con buen criterio, la Guardia Civil. Por fuerza quedó el viejo edificio habilitado para escuela. “…La escalera está en ruinas. Desde la entrada se ven las grietas, así como la humedad de las cañerías rotas que van minando las robustas paredes. A cada tramo que subimos aumenta el peligro, y en los pisos de arriba es donde viven dos de los maestros…”

    En una de las clases hay un agujero en el suelo por donde cabrían dos niños a la vez. ”!Lo malo es por la noche, en la clase de adultos! Como han cortado la luz por economía, hay peligro evidente de que se cuele un mozo por allí. Tengo – afirma don Juan Herrera- tres lámparas de acetileno, hechas con botes. Pongo una en mi mesa, para mí; otra en el centro de las bancas, para los adultos; otra a la entrada, para el agujero…”

    Por lo que se refiere a Torre del Mar “…Hay una escuela del barrio marinero, que merece párrafo aparte, y otra donde se realiza el milagro de instalar cerca de cien niñas en dos habitaciones poco más grandes que camarotes…”

    En fin, un curiosísimo libro plagado de anécdotas, que nos informa de un pasado que no se debe olvidar. ¡Menuda Historia!

     

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