Por si aciertan los mayas

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  • Cuando se estrenó la Novena Sinfonía de Beethoven -en Viena en 1824- dicen que al final del concierto el genial músico subió a la tarima de espaldas al público, y como estaba ya muy sordo, una solista le indicó que se volviera, para que pudiera ver cómo el público aplaudía entusiasmado, rendido a la belleza de su “Coral”, una sinfonía convertida en el más conocido himno a la hermandad, cuya partitura original fue declarada por la Unesco Patrimonio Universal de la Humanidad.
    Pensaba en ello sentada en mi butaca del teatro, mientras la orquesta y coros de la Filarmónica de Moldavia interpretaba, un año más, la inmortal sinfonía, entre la expectación de un público fiel y entusiasta, como aquel de entonces, y rendido, tantos años después, a la sublime belleza de su música. Como si no hubiera pasado el tiempo.
    Inmersa en la maravillosa armonía de música y voces, pensaba en la grandeza de genios como Beethoven, que un día imaginaron una sinfonía y nos dejaron para siempre el legado hermoso de un sueño convertido en música. Pensaba, también, en lo rápido que pasa el tiempo en este mundo apasionante en que vivimos, este planeta azul que se mueve sin cansarse y nos pasea por un universo misterioso que esconde enigmas aún por descifrar… ¿Hasta cuándo? Nos lo hemos preguntado muchas veces, esperando siempre no tener que ver nunca ese final. Algunas civilizaciones antiguas creían que era importante conocer el cielo, porque en las posiciones de las estrellas y los movimientos de los planetas estaban las respuestas a muchas preguntas. Según el calendario maya, el final se acerca. El calendario termina el día veintiuno de diciembre del 2012, y es por eso que algunos piensan que ese día se acabará el mundo. Otros dicen que un misterioso y desconocido planeta llamado Nibiru se dirige hacia nosotros, que impactará ese día con la Tierra y ahí se acabará todo. Y después del estruendo, la nada. Ya no habrá más música, ni “allegros”, ni “adagios”, ni voces excelsas cantando himnos grandiosos que nos hacen sentir infinitamente pequeños. Se callará la vida y se hará el silencio más absoluto. Y no habrá más flores, ni pájaros, ni ríos transparentes, ni cerezos en flor, ni tardes de lluvia, ni risas de niños, ni libros, ni versos, ni corazones pintados en el árbol aquel, ni mares azules que nos serenan los ojos, ni tardes de cine, ni noches de amor. Se desplomarán las viejas pirámides que aguantaron firmes más de tres mil años, y el mármol de Santa María del Fiore, y la blanca desnudez del David de Miguel Ángel, y la Plaza de San Marcos con su león alado… Y volverá a enterrarse Pompeya.
    No habrá sirtakis ni buganvillas en las calles de Mykonos, ni “Mazurca de las sombrillas” en un castillo medieval; no habrá baños interminables en la charca silenciosa que huele a higueras y a pinos, ni senderos solitarios en las cumbres de Gredos, ni naranjos en la huerta de Murcia, ni anocheceres cálidos con amigos veleños, ni paseos interminables por la orilla del mar… No habrá nada, nada, después del final. Un escalofrío me recorre sin querer imaginando que fuera cierto el apocalipsis; el frío de la desolación imaginada me envuelve mientras suenan “O Fortuna”, “Cuando estamos en la taberna”, o “El día, la noche y todas las cosas”. Después de Beethoven, el teatro se estremecía con Carmina Burana; sus canciones profanas sonaban con una fuerza increíble llenando de asombro a los amantes de la música, que oían sin pestañear la fascinante y emblemática obra de Carl Orff. Se eleva entonces mi espíritu hasta el infinito, hasta ese azul incierto de mayas y planetas desconocidos que nos amenazan, y pienso que no, que algo así no puede acabarse nunca; que Nibiru no existe a pesar de las profecías, que lo desmiente la Nasa aclarando que se ha interpretado mal el calendario maya; que ese día, fecha del solsticio de invierno, no se acaba el mundo, solo termina un ciclo.
    El temor a lo desconocido nos produce sentimientos encontrados: por un lado, la lógica, la razón, la ciencia; por otro lado, el miedo irracional, la sombra alargada de rumores y profecías que anuncian desastres y cataclismos. Pero, por si fuera verdad, por si aciertan los mayas, viviré intensamente cada minuto, y disfrutaré como nunca de las cosas que amo.
    Cuando escribo este artículo, la paz anaranjada, amarilla y violeta de un olivar llena mis ojos. La serena belleza de “Olivares de tarde”, de Evaristo Guerra, me invita a soñar con futuras primaveras. Con el permiso del calendario maya, creo que después del día veintiuno ese olivar seguirá alegrando mis ojos. Y la música de Beethoven y de Carl Orff seguirá sonando en mis oídos. Seguirá mi gato mirando a los pájaros por la ventana, y seguirá la hiedra trepando por mi balcón. Con sus luces y sus sombras, seguirá la vida.
    Y en el tronco de aquel árbol viejo, dos corazones grabados seguirán latiendo.
     

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