Un corazón que sigue latiendo

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  • Estábamos entre amigos, en uno de esos sábados lúdicos donde el tiempo pasa plácidamente charlando de todo y de nada. Hacíamos balance del pasado, reafirmábamos el presente y preparábamos futuras ocasiones para seguir compartiendo juntos este tiempo sereno, con escasas obligaciones y casi ningún protocolo. Viajar, pasear, saborear una buena comida, un concierto, o una cena en el balcón. De ello hablábamos distendidamente mientras esperábamos, alrededor de una mesa para ocho, que llegara la sabrosa paella. Y entonces alguien se levanta para saludar a un amigo que hace tiempo que no ve. Desde la distancia observo el encuentro, y por sus semblantes serios intuyo que hablan de algo importante y triste. Te enteras después de que ese amigo acaba de perder a su hijo, a esa edad plena de los cuarenta donde lo natural es vivir, vivir intensamente una vida llena de futuro. Pero la espada de Damocles que todos tenemos sobre nuestras cabezas, ha caído sobre él segando su vida, y dejando sin vida a los que se quedan llorando la insoportable ausencia, la desesperanza de perder a alguien tan joven. “Temprano levantó la muerte el vuelo / temprano madrugó la madrugada”.
    Desde que nacemos, intentamos prepararnos para asumir la muerte. Nacer es morir. La muerte va unida a la vida desde el momento mismo que abrimos los ojos al mundo. De alguna manera, vamos aceptando –unos mejor que otros– que tendremos que ver partir a nuestros abuelos, a nuestros padres, a los amigos, en un cierto orden cronológico. Pero ¿cómo te preparas para sobrevivir a un hijo? Ese dolor tan injusto, tan punzante, tan irracional, tiene que ser distinto a todos. “Tanto dolor se agrupa en mi costado / que por doler me duele hasta el aliento”. Me cuesta imaginar que, inmersos en tan honda pena, esos padres sean capaces de donar todos los órganos de su hijo para dar vida a personas desconocidas que gracias a él tendrán futuro. Alguien podrá ver otra vez el azul del mar a través de sus córneas; alguien sentirá que su sangre fluye limpia a por unos riñones que filtran de nuevo; alguien vivirá otra vez porque su hígado ahora está sano, o porque su corazón bombea con fuerza estrenando un latido anónimo.
    Qué generoso hay que ser para sobreponerse a un dolor tan inmenso y pensar en ayudar a alguien sin nombre, que seguirá vivo gracias el latido de aquel que amaban tanto, y que a partir de ahora “vive sin vivir en él”. Vive en la vida de otros, que han tenido la suerte de ser “compatibles” con su esencia.
    Donar órganos es un acto de generosidad y valentía. Un acto de amor. El hijo del amigo veleño al que vi llorar en la distancia, nunca volverá; para sus padres su ausencia será cada día una insoportable presencia, que solo el tiempo –dicen– hará más llevadera. Pero a pesar de la punzante tristeza, se sentirán, de alguna manera, reconfortados, sabiendo que su hijo anda por ahí viviendo en las vidas de otros; suspirando, riendo, llorando, emocionándose de nuevo, aunque tenga otras manos, otra cara y otro nombre. Su corazón no se paró nunca. Su corazón sigue latiendo.
    Pensar en la muerte es algo que me descoloca. No me valen las razones de otros, que son capaces de asumirla con cierta serenidad. Hay vida después de la muerte, dicen unos; otros te ofrecen paraísos azules, lejanos e intangibles, y otros, escépticos, la nada. (“Polvo eres y en polvo te convertirás”). Recuerdo que una vez fui a Granada a una conferencia del Dalai Lama. Sonriente, con su túnica, sus gafas y su hombro al aire, hablaba de la muerte con una serenidad impactante, que se palpaba y se contagiaba. Aquel monje budista decía que la muerte no era más que un tránsito. En algún momento, su serenidad casi te convencía de lo natural del “tránsito”. Luego, en la calle, mirabas a tu alrededor y pensabas: “pero las fuentes y los jardines, y el cielo estrellado, y La Alhambra y El Albaicín, se quedan aquí…” Y volvías sin remedio a tu desconcierto, a tu escepticismo, a la inquietud de lo desconocido.
    El sábado, en la mesa para ocho, alrededor de la humeante paella se enfriaron los ánimos. Cuando te enteras de algo así te salpica inevitablemente la sacudida del dolor ajeno, la oscura desesperanza del que sufre. Y valoras mucho más cada minuto de luz y sol. El joven que se fue sin querer, tan temprano, nunca ha dejado de ser. Se fue a destiempo y se llevó su risa, pero está vivo entre nosotros. Sus ojos siguen viendo amaneceres, y su corazón sigue latiendo.

     

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