El hombre de la bicicleta

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  •  Es uno de tantos que pasea pedaleando por las calles del verano, un verano que ha llegado puntual a su cita y con su más representativa tarjeta de visita: el aliento de fuego del viento terral. El hombre de la bicicleta pasaba a mi lado, junto a los jardines del Paseo, entre las flores moradas de agapantos que se doblaban rendidos al empuje del viento. El ciclista iba despacio, y de vez en cuando se paraba y llamaba a alguien mirando hacia atrás. La escena me pareció curiosa porque yo no veía a nadie, y me paré a mirar. Entonces apareció, de entre los setos del jardín, un precioso gato. El felino, con una lustrosa piel rayada como un tigre, jugueteaba entre las flores, pero estaba atento a la voz del ciclista, al que seguía como un perrillo faldero. El hombre se bajó de la bicicleta y se sentó a descansar en uno de los bancos del jardín; el gato, sorprendentemente, dio un salto y se tumbó junto a él, en una actitud que indicaba que estaba relajado y feliz.
    Ante una escena tan entrañable y tan poco común, me paré a charlar de gatos con aquel señor desconocido. Me gustan los gatos -y los perros, y los pájaros, y las tortugas, y los búhos, y las lagartijas, y los grillos…- Tengo uno en casa desde hace muchos años, un gatito que rescaté, hambriento y herido, de debajo del coche donde se refugiaba; desde entonces vive conmigo, pasea su sigilosa presencia por los rincones de mi casa, acariciándose en las esquinas del sofá, afilando sus uñas en los cestos de mimbre y en las cajas de zapatos, atento siempre a presencias y sonidos nuevos; maullando a la romántica luna desde la barandilla del balcón. Su relajante ronroneo me acompaña siempre, cuando leo, cuando duermo, cuando escribo… Mi gato, cariñoso y tranquilo, me transmite paz.
    El hombre de la bicicleta me hablaba del gato que dormitaba tranquilamente en el banco, a su lado; me decía que lo recogió en la calle, deambulando desorientado y hambriento, y se lo llevó a su casa. Resultó que era una gata y estaba preñada, y cuando nacieron los gatitos se quedó con uno y a los demás les buscó un dueño. Desde entonces, la gata y su cría viven con él en una cuidada y vigilada libertad; entran y salen de la casa cuando quieren, y lo siguen cuando pasea como si fueran su sombra. El hombre hablaba de sus gatos con ternura, con ese punto de sensibilidad que tienen las personas que aman y respetan la vida, da igual que sea una flor, un gato abandonado o un pajarillo que se cayó del nido. Era hermoso oír lo que contaba mientras su gato rayado se desperezaba tranquilo y confiado a su lado. Sabía mucho de estos animales tan interesantes, que los egipcios consideraban dioses; los protegían y cuidaban con un trato muy especial y hasta momificaban sus cuerpos cuando morían. El gato es un animal hábil y resistente, y envuelto siempre en un halo de misterio. Dicen que acariciar un gato descarga las malas vibraciones, que elimina el stress y la negatividad, y que mejora el nivel cardíaco, aportando calma y contribuyendo a la salud física y mental del ser humano. Los gatos son interesantes, independientes y nada serviles, pero, lejos de lo que piensan algunos, son tremendamente cariñosos y agradecidos.
    La charla con el hombre de la bicicleta fue gratificante. Me sorprende la sensibilidad de algunas personas, en contraste con la barbarie de otras. La foto de un pobre gato maltratado que alguien envió a este Diario, es un buen ejemplo de crueldad. Saber que existen personas -por llamarlas de alguna manera- que son capaces de hacer algo así, sin que les tiemble el pulso, me repugna. Unos pasean orgullosos con su gato y otros se divierten haciéndoles sufrir. Esos, los que no tiemblan, no habrán acariciado nunca su piel sedosa; no habrán sentido su silenciosa paz; no habrán visto en sus felinos ojos el brillo del cariño. Ellos no pasearán nunca por las calles del verano seguidos de la sombra sigilosa y fiel de un gato agradecido. Y no sabrán nunca lo gratificante que es escribir este artículo bajo la mirada atenta y verde de un precioso gato, sintiendo el cosquilleo suave de sus bigotes en mi brazo.
    Ellos se lo pierden.

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