¡Primavera florida!

  • Nos encontramos en primavera con sus ancestrales circunstancias de variantes meteorológicas y sus consecuentes derivaciones refraneras que pretenden, con más o menos acierto, pronosticarnos sus avatares. Así, la experta sabiduría refranera, nos dice que aquello de “ En abril, aguas mil” o lo de “Cuando marzo mayea, mayo marcea”; Promesa que si, para alivio de los agricultores ya de antemano se ha producido una lluvia suficiente, se trata de una bella y hermosa realidad.
    Y, con esa esperanza, hoy no vamos a ocuparnos de los fatídicos problemas que actualmente atraviesa la Europa del euro, la economía, la amenazante sombra de ese “rescate” ya sufrido por otros países, de las avisadas restricciones económicas y subsidiarias de todo tipo que sufriremos: en medicina, educación y servicios, etc. Y no vamos a hacerlo porque un primaveral “mayo florido” merece ser tratado de forma más poética, relajándonos de ese oscuro futuro presagiado; vamos a ello en pro de la alegría y el sano optimismo.
    La llegada del florido mes de mayo nos trae la nostálgica rememoranza de aquellos felices años escolares de nuestra ya “ay” lejana infancia desarrollada, cuándo la chiquillada de la época acudía desde los colegios a depositar a los pies de la virgen María hermosos ramos de flores, unos cogidos a la naturaleza, otros nacidos del corazón. Los primeros encerrando entre sus pétalos el aroma de los campos, que exhibían todo el esplendor de una juventud repetida año tras año; los segundos consistían en todos aquellos coros de rezos, cantos y poesías, que desbordando los corazones, se hacían tangibles en sentidas manifestaciones de amor a la Virgen. Todo ello compendiado con aquellas estrofas tan hermosas que le dedicaban “Saludándola como a una madre, porque en el cielo tan solo la amaban mejor”.
    Desde las altas copas de los árboles nos llega el alborotado trinar de las avecillas, invisible orquesta que crea el fondo preciso a nuestra absorta contemplación. Por entre las esbeltas espigas de los verdes trigales juguetea la brisa primaveral, el Sol brilla en un cielo radiante, las flores compiten en colorido, belleza y fragancia; todo el universo es un grandioso himno de alabanza al Creador.
    Y, ante todas esas maravillas por Él creadas, ¿vamos a preocuparnos mucho de esas otras amenazas creadas por la torpeza, por la desmesura y mala planificación de políticos ineptos, de economistas incompetentes..?
    A cambio de esa preocupación, voy a terminar mis líneas obsequiándoos con algo tan hermoso tan bello y ecológico, obra del famoso escritor Azorín, que constituye un relajante bálsamo de paz interior; dice así:
    “Yo soy un can de unos terrasqueros o labrantines. Mi misión se reduce a ir con ellos a los bancales o recostarme al lado del hato y a guardarlo mientras mis amos labran. No hago otra cosa. Me paso el día tumbado. Soy un can de campo. Puedo deciros que no hay nada como tomar el sol en invierno en plena campiña, o como dormitar en verano a la sombra de un árbol. Para mí es el cielo azul, para mí las montañas azules; para mí los aromas de los henos, de los habares, de las plantas montaraces; para mí el aire fino y sano; para mí las aguas delgadas y cristalinas.
    Yo soy un poco escéptico y no creo en las pompas mundanas. No doy el campo y sus placeres por nada. Mi vida discurre sin sobresaltos ni congojas. De noche, guardo el gallinero del cortijo. Los lobos desaparecieron hace mucho tiempo. Solo he de habérmelas de tarde en tarde con alguna vulpeja o con algún búho. ¿Y creen ustedes que yo tengo miedo de tales alimañas? … Señores, os repito, que no hay nada como el silencio y la serenidad del campo…”

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