La Isla

  • Un paseo por las palabras, un encuentro fortuito con la inspiración, una leve duda que obliga a consultar de nuevo. Atormentados por la actualidad, endurecidos por tanta mentira, el rebaño acaba siempre enfilando hacia el matadero por lo que parece su propia voluntad, un capricho, el miedo al barranco salpicado de escollos que les hace justificar porqué se empeñan en golpearse la estúpida y pertinaz testuz contra una piedra. Para todos serán los beneficios de la incompetencia y el latrocinio; eso es la democracia.
    Huele bien Islandia, desde donde nos llega el canto de la sirena, unos cambios que aquí se nos niegan por supuestamente imposibles, aléjate de las mujeres perdidas, no puede gobernar un hombre inexperto, en la cama, en el tren, en un bar, en la cocina se encuentra mi democracia, alabémosla, mientras la isla del norte, la reina del cielo, me sugiere que es imprescindible prescindir de los dos grandes grupos de poder, para crear otro similar a ambos, añadiría yo con mi ancestral optimismo. Aún queda mucho para ese vendaval que pronostican en internet los barbudos entecos de campanilla en mano y mirada intensa.
    A domicilio se sirven copas y letras, sabiduría y recaídas, el blanco y el negro, el exceso de información es una falacia en sí mismo; internet: como ya lo sabemos todo, estamos locos, aquí se refugian el dolor de cabeza de la resaca electoral y las mujeres fatales de la información que invitan a tu mente a abrirse de neuronas y desconfiar de lo establecido, del irreprochable rostro de cemento del candidato, (y las mujeres inmejorables que benefician a la fantasía y se ríen de la moral mientras se abren de piernas para todos, o sea, democráticamente)
    Un mal día lo tiene cualquiera, este texto se autodestruirá, el desahucio de la libertad produce democracias incontinentes, amar es la razón, aquí me las den todas, dijo Jesucristo, los políticos en reciclaje producen facsímiles. Adios.

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