La Olla

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  • El pasado sábado hubo olla flamenca. Para quien no lo sepa, este evento es casi un rito en la peña “Niño de Vélez” de la capital de la Axarquía, en la que, una vez al mes, – sábado para más señas – los amantes del flamenco se reúnen a comer y, tras la comida, una sesión de cante del bueno ameniza la jornada. El menú siempre es el mismo, pero los artistas cambian, y los asistentes, en número variable, también.
    Los veleños tenemos buena constancia de las ollas celebradas, que ya van acercándose al centenar, entre otras cosas porque, en muchos casos, Velevisa las graba y las emite en las noches de los domingos en el tiempo que esta televisión dedica al flamenco.
    No todas las ollas son iguales. Algunas resultan secuenciales y de éxito asegurado. La de este sábado pasado pertenece a este apartado de las que se vienen repitiendo en los últimos años. Una olla especial dedicada a los “amigos de la cultura”. Y es que, una vez al año, al menos, confraternizan los amigos de la cultura y los amantes del flamenco, muchos de ellos coincidentes en ambos ámbitos. La cantidad y calidad de la audiencia matiza el espectáculo. Y así, en la presente edición, la organización de la peña flamenca había previsto dos cantaores y un rapsoda, acompañados por un maestro a la guitarra. En el cante Antonio Olea y Paco Cachele; recitando Rafael Morales; y a la guitarra Arturo Ruiz. Es normal que la Peña rebosara de asistentes ante tamaño cartel. Es normal que los buenos aficionados no quisieran perderse la cita, y es normal que se produjera el éxito obtenido. Porque una excelente comida, una buena tarde de cante y un cartel de verdadero lujo, presagiaban un buen resultado; pero podía no haber salido bien por algún imprevisto. No fue el caso. La berza fue exquisita, los artistas brillaron con fuerza, la asistencia muy abultada, y, por tanto, todo resultó excelente.
    Antonio Olea, con su voz limpia y colorista, bordó, como cada vez que se atreve a cantar, el gusto exquisito de sus letras, con el encanto potente de sus tonos. Rafael Morales volvió a dar muestras de su maestría cantando versos y de su extraordinario olfato comunicador al elegir el repertorio, tanto en cantidad como en calidad. De Paco Cachele solo cabe decir que encarceló con su cante a una audiencia entregada y que su oficio indiscutido le hacen cada vez más estar por derecho propio en el pelotón de cabeza del flamenco andaluz. Arturo, el virtuoso de la guitarra, dio todo un recital de capacidades, habilidades y sensibilidades, que maravillaron tanto a los profanos como a los entendidos.
    Cristóbal Moya, el presidente de la peña, que en los últimos meses afortunadamente para él, ha disminuido su volumen en pro de la salud, con su locuacidad proverbial introdujo a la concurrencia en el ambiente de magia y duende que allí se vivió.
    Estuvieron el alcalde y su madre, un nutrido grupo de representantes de “Amigos de la Cultura”, destacadísimos socios de la Peña Flamenca Niño de Vélez, familiares y amigos de los artistas, mi escritora predilecta Margarita García Galán, un concurrido grupo de malagueños…y algunos guiris curiosos, que no sabemos cómo llegaron hasta aquí, pero que disfrutaron de lo lindo.
    Es posible que muchos veleños, al ver en la televisión las ollas flamencas, se hayan interesado alguna vez por ellas. Son de entrada libre, solo se paga el cubierto (15 euros) y se pasa una tarde inolvidable. Al menos eso es lo que ha ocurrido cada vez que yo he ido. Y cada vez voy más veces. Habrá quien piense que hay otras maneras de pasar un sábado. Sin duda. Pero en el buen vivir de nuestra tierra casi todas caben. Y si alguna debe caer de la agenda, la olla flamenca debiera ser una de las últimas. Por higiene cultural, por defensa patrominial, por apoyo a las raíces antropológicas, por subrayado de lo diferencial… y por puro placer y buen gusto. ¡Menuda Historia!

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