Del Piru a Madrid

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  • Los primeros síntomas de que algo grande se avecinaba con la anunciada Jornada Mundial de la Juventud 2011, de Madrid, se me manifestaron aquí mismo, en Vélez, en el bar Piru (sito al final del Paseo de Andalucía) del musulmán y bangladesí Khan, donde algunos amigos, Pepe Ríos, Teobaldo Jiménez, el italiano Juliano, Miguel Delgado, el propio Khan y su compañera Carmen, y el que suscribe, solemos encontrarnos los viernes. Cuando al filo de las dos de la tarde, de uno de estos viernes, el del pasado 19 de agosto, inesperadamente nos vimos invadidos gratamente por un aluvión de jóvenes del Canadá que venían a almorzar; un grupo pintorescamente multirracial y supongo que también multicultural, aunque en todos se podía palpar claramente, más allá de las diferencias individuales, la universalidad de los valores de la buena educación, la cordialidad, la austeridad, la humildad digna o la fraternal convivencia. Cuando el domingo siguiente llegó el previsto segundo turno, acompañado sin boato alguno por el arzobispo de Edmonton, la excelente paella preparada por Juan Toro, para regusto de los comensales, dejó en todo lo alto la justa fama actual de nuestra gastronomía. Pero a pesar del evidente atractivo y simpatía de las chicas y chicos, el verdadero espectáculo lo dieron los voluntarios veleños que los acompañaron y asistieron, el cura Paco Sánchez y su gente de Cáritas, Carlos Durán, Lorena Lavao, Antonio España, Carlos el Colombiano y un montón más, por el competente trato, por el sabio hacer organizativo.
    Un microencuentro, este de Vélez y el que ha tenido lugar en la práctica totalidad de las ciudades españolas, que elevado a la enésima potencia en el macro de Madrid (una marea de dos millones de jóvenes fuertemente comprometidos con la defensa de la naturaleza y de los más débiles) ha asombrado al mundo laico. En esta época de fundamentalismos, donde las tradicionales ideologías políticas han sucumbido y los valores están de capa caída, las palabras del Papa se escuchaban en medio de una armonía, una alegría y un respeto, que han dado al traste con los apocalípticos augurios del anticlericalismo. Las cínicas falacias de los indignados por lo que le iban a costar a nuestro Estado las tales jornadas, mejor no meneallas. (Últimas noticias: los supuestos gorrones se han dejado en Madrid la friolera de 160 millones de euros).
    Y es que, tal vez porque la Humanidad aún está en sus inicios (solo tenemos que ver cómo el hambre y la ignorancia aún campan por sus amplios territorios en este insólito mundo), el discurso de la razón, materialista o ateo, a la vista está que todavía no tiene fuerzas para penetrar en los miles de millones de humanos que somos. Una evidencia ante la que los racionalistas pacientemente, sensatamente, haríamos bien en apreciar (y agradecer) la oportunísima mano que ‘mientras tanto’ nos echa el esperanzador mensaje católico, para ver que los más puedan ejercer dignamente el oficio de vivir en este, por demás, insólito planeta entre millones de universos. Aunque sólo sea para ganarle tiempo a la ignorancia. La cuestión trascendente está en que el ‘espíritu’ de la persona, con la fe o la razón, se sienta en plenitud.
    Desengañémonos, mientras todos y cada uno de los humanos, a escala planetaria, no hayamos alcanzado al par un óptimo nivel cultural, el discurso materialista —filosófico & científico, con vocación monopolista—, será cruelmente sectario y profundamente injusto, por incomprensible para la inmensa mayoría. Dicho de otro modo, mientras que haya gente en el mundo que necesita de lo divino para ser, entender y entenderse, el discurso racionalista no tiene derecho, salvo que se atreva con la tiranía, a proclamarse como único. Capítulo aparte son las herramientas intelectuales o filosóficas que, a sangre y fuego, los hombres nos hemos agenciado históricamente para la permanente adquisición de nuevos conocimientos, con los que progresar hasta conseguir conquistar para la humana sabiduría la aldea más remota.
    En fín, uno de los más prestigiosos filósofos europeos, laico y de izquierdas, el italiano Massimo Cacciari, en dos ocasiones alcalde de Venecia por el Partido Comunista Italiano (PCI), que estuvo en Vélez-Málaga para participar en el II Congreso sobre la vida y la obra de María Zambrano, dijo con motivo de otra Jornada Mundial de la Juventud, la de Roma 2000: “en el mundo actual sólo la Iglesia está capacitada para hablar al mundo. Hoy por hoy, el único discurso que no se ha reducido a la dimensión de lo útil, del interés, de lo pragmático, es el que la Iglesia dirige a los jóvenes”.

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