La nostalgia del hijo del corredor de aceite

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  • Cuando muchos niños derraman lágrimas para no asistir al colegio, Antonio Pérez Moreno, veleño de 68 años, rabiaba por ir, o, como él dice, “berreaba” por hacerlo. Evidentemente, la vida de un emigrante en la década de los 60 no es la de cualquier persona que decida emprender a día de hoy tal empresa. Y mucho menos lo era su infancia, que transcurrió entre las Cuatro Esquinas y calle Coroná. “Nací frente al Cuartel de los Carabineros, pero mis padres no podían pagar el alquiler y tuvimos que trasladarnos a calle Coroná con mis abuelos”, desvela Antonio, un veleño que prácticamente es catalán de adopción, ya que desde 1967, aquel año de la Ley Fraga para la prensa, reside en la localidad de Castellar del Vallès.
    Retomando su primera etapa de vida, nos viene a la cabeza el nombre de su padre, Antonio Pérez Ramos, muy conocido en nuestra tierra, por su oficio, corredor de aceite, en el que el bueno de Antonio “le ayudaba bastante”, y es que a él le encantaba “irme con mi padre”, lo que solía hacer con frecuencia para repartir el producto, aunque gustaba de divertirse junto a sus amigos, actividad en la que siempre rondaba de por medio una pelota. “Jugábamos mucho al f´útbol”, recuerda, y cita entre sus compañeros a Juani Muñoz, Indalecio Rueda o Manuel Vega.
    Antonio Pérez se crió en Pozos Dulces, emplazamiento del archiconocido barrio del Pilar de Vélez-Málaga. Frente al antiguo hospital acontecieron los primeros años de su vida, marcados por los lloros para, ojo al dato, ir al colegio. “Lloraba para asistir, y no teniendo aún la edad mi padre habló con Don Fermín para ir con él”. Como tantos y tantos vecinos, estudió cursos superiores en la academia de Manuel Valle, sin embargo, “en 4º de Bachillerato suspendí y me llevé una desilusión”. Optó entonces por el terreno laboral. Estuvo con Juan Santa Olalla de aprendiz de carpintero y, con una etapa de trabajo en Logroño como ‘perrillero’ (vendedor de utensilios, ropa y otros artículos y complementos que se pagaban a plazos) mediante, retornó a Vélez para trabajar con Antonio Ranea en un almacén de harina y coloniales.
    La situación en el pueblo flaqueaba, y él, no sin tomar parte en el mundo del encofrado, se decidió por el servicio militar voluntario, en Madrid, tras lo cual se fue a Cataluña, donde su mujer, María, también veleña, se había trasladado anteriormente. En Castellar del Vallès lleva desde el 67, y allí “he hecho de todo”. Fue peón de albañil, especialista tintorero en el sector textil y policía local, pero un accidente le obligó a retirarse.
    A día de hoy, vive con su mujer y su hijo, Rafa, en Castellar, además de sus dos nietos. “La vida de aquí es bastante distinta, la gente no es ni tan abierta ni tan acogedora como en Vélez”. Su pueblo sigue en su corazón, como atestigua: “Lo echo mucho de menos, cada vez más, aunque por mucho que queramos tenemos nuestra vida aquí, al lado de nuestro hijo y los nietos”. Seguro que muchos veleños le recuerdan, en el Pilar, repartiendo casa por casa el aceite de su padre…

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