El árbol de la Música

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  • Hace casi dos siglos, cuando los marqueses hicieron levantar ‘su’ Casa Larios, Torre del Mar aún vivía de la agricultura, migajas que dejaba la pesca y un turismo que apenas alcanzaba el 1% del total de la poca riqueza que afloraba en esa España profunda, donde la residencia de verano estaba por inventarse. La familia Larios, que si hubieran tomado el elixir de la eterna juventud hoy en día veranearía en Marbella, se decantó por la tranquilidad y sosiego que ha caracterizado siempre a la Axarquía, a Torre del Mar.

    Una forma de vida que les hizo pasar sus mejores años junto a la ya extinta fábrica de azúcar, contemplar el amanecer desde una lejana primera línea de playa y compartir con la alta gama torreña tardes interminables por sus casas bajas, por el paseo que llevaba su nombre y sentarse al fresco en los jardines centenarios que hoy sirven para dar sombra al conocido como Pueblo Rocío.

  • De entre los pocos lugares puros que aún quedan en Torre del Mar, quizá sea la Casa Larios la que valga más por sus silencios, por lo que ha visto y calla y por lo que vendrá. Paredes llenas de musicalidad y un sin fin de recuerdos que sin orden ocupan sus estantes. Fuera, al fresco, grandes árboles acusan el paso del tiempo y van quedando atrás, tallando en sus lápidas de madera la cara de sus asesinos a modo de aros internos, relojes de la vida. Tal vez sea el paso del tiempo el principal culpable de su mal, porque al igual que todos, andan destinados a morir.

    Una muerte lenta que quiso llevarse por delante a uno de tantos árboles de la Casa Larios sin saber que concretamente, era el árbol más flamenco de cuantos salían al jardín cuando se hacía la sombra. Pepe Hidalgo, amante de las pequeñas cosas y padre de la música en Torre del Mar, quiso adoptarlo tras dos siglos de orfandad. Su predilección por este flamenquito de madera hacía que cada día, antes de impartir sus clases de música en el conservatorio, le hiciera un guiño a modo de estancia en la sombra durante unos minutos, contemplando el cambio en un paisaje que pasó de los carros de la monda a esos gigantes de hierro y hormigón tan extendidos por la costa.

    Cuando soplaba el viento, flamenquito movía sus ramas al ritmo de bulerías, malagueñas, fandangos y seguiriyas. El levante lo acariciaba e Hidalgo acompañaba a las palmas para no hacer el feo a su hijo pródigo de doscientos años.
    El tiempo fue pasando y acabó con la música. El flamenco dejó de existir en ese rincón y el hijo pródigo no aguantó más. Su decadencia comenzó el mismo día en que la Casa Larios se ganó el nombre de quien le mostró el camino musical.
    Había llegado su hora. Después de que las polillas, el fuego y cien mil enfermedades intentaran tumbarlo, su cadáver se mantuvo en pie para que el recuerdo no borrara la huella del paso de los años de quien sí fue profeta en su tierra.

    Poco después, a su imagen mustia y casi deprimente le alcanzó un resplandor que por momentos, hizo sonar en el recuerdo una partitura inédita del gran maestro. Hidalgo, que de sentimientos sabe mucho, recordaba a otro gran amigo. De pequeño lo veía jugar con sus hijos y de mayor, con esas manos que Dios le dio y el alma de flamenco, tallaba en madera todo el sentir que dado le viene por casta. Rafael Amador Amador, calé y artista, quiso responder a la petición de Pepe Hidalgo dejando muestra de su arte en ese rincón ocupado por el cadáver y alma de flamenquito, su tocayo, haciendo de él una imagen donde la música, el recuerdo de Hidalgo y la vida vuelvan a ponerse en consonancia para que la posteridad pueda contar con dulces melodías.

    Igualmente, relatan los antiguos, tiene tradición en la zona el rumor de que entonces, la propia María Zambrano, solía fijarse en este árbol, que le sirvió, incluso, como inspiración y algo más en esas tardes de verano que guardan en los años el más bello color del cielo y el más fresco aroma de su ya casi extinta naturaleza. El marismo refrescaba a la pensadora veleña y junto a este árbol de la música sentaba para contemplar a las gentes que en tan alejada zona paseaban porque poco más había que hacer.

    Varios meses de trabajo hicieron brotar del extinto flamenquito un violín, un saxo, un recuerdo al padre de la música de Torre del Mar y la vida, ésta a modo de tallo vivo que asciende hasta el cielo como una mano que pide ayuda, como un quejío desgarrador y unas ganas de vivir que entre todos han querido plasmar en este discreto rincón torreño. Una mano que busca de nuevo una guitarra que tocar y que espera alcanzar el cano pelo de Hidalgo un día de estos para despedirse de él y, como no, un respetuoso “cómo está usted”.

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